Hay algo profundamente humano en creer que, ante el miedo, la mejor respuesta es golpear más fuerte. Sin embargo, en seguridad, esa lógica suele ser un espejismo. En Colombia, como en muchas partes del mundo, seguimos atrapados en el mismo guion: ante cada ola de indignación, se improvisa con endurecimiento de penas, refuerzo del pie de fuerza y multiplicación de operativos. Tras el despliegue mediático la curva del delito rara vez se dobla de manera sostenible; en seguridad, el castigo sin diagnóstico no es justicia: es teatro.
Por descontado, nadie puede restarle importancia a la violencia asfixiante con los homicidios, hurtos, extorsiones, delitos sexuales, y estructuras criminales que disputan territorios como feudos medievales. Ni para las víctimas ni para el Estado la inseguridad es un asunto menor. Asimismo, al ser un tema de gravedad exige más que puños sobre la mesa o conferencias de prensa llenas de promesas. Se requiere comprensión y diagnóstico.
David Garland, referente en criminología, advierte en The Culture of Control que las democracias contemporáneas han derivado hacia políticas punitivas, no por su eficiencia sino porque resultan políticamente rentables. Es más fácil prometer acciones rápidas que comprometerse con procesos largos de transformación social. Garland lo resume así: “la expansión del castigo no refleja una solución racional a la delincuencia, sino una cultura política que explota la inseguridad”. Una frase que debería inquietarnos, pues en Colombia sabemos lo que es vivir con el miedo convertido en insumo de campaña.
Se dictan leyes que aumentan penas, se anuncian cupos carcelarios adicionales, como si la seguridad se resolviera solo con rejas; sin embargo, en las cárceles permanece el hacinamiento mientras el delito persiste. Saturar prisiones no equivale a reducir el crimen; muchas veces, es sembrar más violencia dentro y fuera de los muros.
La prisión, cuando se aplica sin diagnóstico, se convierte en escuela del delito. El joven que ingresa por un hurto menor puede salir convertido en soldado de estructuras criminales. La sobrepoblación carcelaria crea microclimas de violencia, corrupción y vulneración de derechos humanos. En junio de 2025, Colombia tenía 104.481 personas privadas de libertad para una capacidad oficial de 81.139, lo que representa un hacinamiento del 128,8 %.