Si Gustavo Petro mantiene el ritmo que lleva de viajes internacionales, el próximo 7 de agosto —fecha en que, en teoría, dejará la Presidencia— habrá realizado entre 85 y 90 viajes al extranjero mientras ejerció el cargo. Hasta hoy va por 73 salidas del país, lo cual ya lo coloca en una categoría digna de estudio: no tanto como jefe de Estado, sino como fenómeno aeronáutico.
Por curiosidad —y algo por morbo estadístico— busqué otro gobernante o figura mundial con una trayectoria comparable. No fue fácil. El único que se le acerca, y con ventaja moral y espiritual, es Juan Pablo II, quien en sus 26 años y medio de pontificado realizó 104 visitas pastorales internacionales. Es decir, un promedio de cuatro viajes al año. A su lado, Petro parece más un pontífice con síndrome de viajero frecuente que un presidente tropical: veinte o veintidós viajes internacionales por año, sin sotana, sin rosario; pero no exento de milagro. Ya les digo por qué.
La pregunta que muchos colombianos empiezan a hacerse —con la resignación propia de todo contribuyente— es tan simple como incómoda: ¿Qué se la ha perdido al presidente fuera de las fronteras de Colombia? El interrogante no es retórico. Mientras el país se hunde en una crisis institucional y económica que ni el más hábil de los discursos puede disimilar, el mandatario parece haber decidido que su papel en la historia se juega mejor en los aeropuertos. Nos encontramos ante un nuevo fenómeno político: la presidencia nómada.
Su último periplo lo lleva esta semana por Oriente Medio, donde —según publica en las redes sociales— ha decidido dotar al país de una “embajada-palacio” en Riad. El destinatario de semejante ofrenda diplomática es un tal Rayan Barkachi Abou Trabi, médico de profesión y cuyo único mérito profesional para representar a Colombia en una embajada es ser amigo del presidente.
Según un portal crítico con el Gobierno —y por tanto, sospechoso de exagerar— el costo del edificio en la capital de Arabia Saudita asciende a 15 millones de dólares. Pongamos que exageran, y que en realidad fueron solo siete millones y medio, la mitad. ¿Qué más da? La cifra sigue siendo escandalosa para un país con consulados al borde del colapso.
Porque mientras en Riad florece el lujo diplomático, en el consulado de Buenos Aires —donde residen 100.000 colombianos— una sola funcionaria de carrera ha tenido que ejercer de ministra, embajadora encargada y cónsul al mismo tiempo, según