La política tradicional en Colombia es un lastre para el avance del país. La prevalencia del clientelismo y las maquinarias políticas han sido responsables de la profunda crisis institucional que enfrentamos. Las fuerzas políticas tradicionales han perpetuado un sistema donde los intereses personales y la corrupción prevalecen sobre el bien común. Desde el fin del Frente Nacional en los años 70, los problemas de carestía y hambre siguen siendo una constante en nuestro país, evidenciando la incapacidad de los políticos tradicionales para abordar las necesidades reales de la ciudadanía. En lugar de utilizar el poder del Estado para generar bienestar, lo han convertido en un instrumento para hacer negocios y mantener sus privilegios.
La alternativa a esta forma corrupta de hacer política es abogar por la transparencia, la participación y el enfoque en el progreso del país y la creación de oportunidades. Contrario a las estrategias maquiavélicas que han caracterizado a los políticos tradicionales, debe buscarse el rompimiento de las viejas prácticas que perpetúan la desigualdad y la pobreza. Se requiere una visión de país que se centre en la creación de políticas públicas que prioricen el bienestar de la ciudadanía y promuevan una distribución justa de los recursos.
La persistente crisis económica y social en Colombia, marcada por el desempleo, la falta de inversión y la creciente desigualdad, es un testimonio del fracaso de la política tradicional. A pesar de las promesas y los cambios de administraciones, el modelo clientelista sigue siendo una constante que erosiona la confianza en las instituciones y limita las oportunidades para el desarrollo del país. La corrupción o abuso de poder, la utilización indebida de los recursos públicos y la falta de una visión a mediano y largo plazo han dejado a Colombia en una situación precaria.