Es buena la euforia, pero su brillo es traicionero. Hay mundial, pero la selección está a medio camino del objetivo mayor, sin consolidarse.
Es tiempo de celebrar, pero con cordura, sin el exitismo típico de la pasión desenfrenada, sin magnificar lo conseguido, sin extralimitaciones en los elogios y los calificativos.
No siempre las cifras abultadas son confiables en la calificación de méritos de un entrenador o un equipo.
En el caso de Lorenzo y la selección, el tiquete se consiguió con demasiados sufrimientos, críticas y desencantos, a pesar de que el formato de la competencia, favoreció en todas las instancias.
Con exageración, se diría que, en este aspecto, Gianni Infantino, el presidente de FIFA, fue el goleador, por el diseño del calendario y la generosidad en la asignación de plazas.
El renacimiento del ataque colombiano, con efectos devastadores, no puede ser una cortina de humo para ocultar la debilidad de las estructuras de juego, dominadas por el peso individual de los futbolistas.
Pocas veces se ha visto en el entrenador, el futbol deseado, aunque en el pasado, incluida la Copa América, hubo pasajes motivadores que demostraron que materia prima hay, sin la gestión adecuada.