Si nombro al jeque Mansour Bin Zayed Al Nahyan creo que pocos lectores de esta columna podrían identificar de quién se trata. Este caballero, cuyo nombre y rango hacen suponer palacios, yates, participación en empresas de alto perfil y fondos soberanos (de hecho controla un fondo de 330 mil millones de dólares), tiene entre otros muchos juguetes, un club de fútbol: el Manchester City FC. Ya con este último dato puede que sí haya algún lector colombiano que lo identifique. El fútbol, religión pagana de nuestro tiempo, siempre saliendo al quite de nuestra ignorancia.
Pues bien, resulta que en días pasados, en uno de esos muchos conflictos olvidados que hay en el mundo —en Somalia— hubo unas matanzas de población horrorosas que, sin embargo, pasan inadvertidas para la mayoría de sus congéneres en la Tierra. Las milicias llamadas Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) emprendieron unas ejecuciones contra civiles no árabes desarmados cuya magnitud se puede intuir por un dato: según el análisis de imágenes satelitales, de los que informa el centro Raoul Wallenberg para los Derechos Humanos, se observaban charcos de lo que parecía ser sangre desde el espacio.
Y comencé presentándoles al jeque Mansour Bin Zayed Al Nahyan porque las FAR no podían haber perpetrado esta última matanza sin el respaldo de los Emiratos Árabes Unidos, que les proporcionan armas, financiación y apoyo político; y ahí es donde aparece el caballero arriba mencionado, miembro de las familia real de Abu Dhabi y vicepresidente de los Emiratos Árabes Unidos quien, por supuesto, niega cualquier vinculación con la carnicería sudanesa.
El conflicto en Sudán es largo y complejo, pero en Colombia haríamos bien en ocuparnos de él por una razón que veremos más adelante. Desde abril de 2023, el Ejército regular de ese país se enfrenta con la FAR por el control político y económico del país. Detrás de ambos bandos se extiende una red de intereses regionales y globales. Los Emiratos Árabes Unidos son acusados, como digo, de suministrar armas, drones y municiones a la milicia responsable de las atrocidades; Egipto y, en menor medida, Irán, apoyan al Ejercito sudanés. La guerra por Darfur se libra hoy con el oro de Sudán y el silencio del mundo como combustible.