En 1969, los medios informaban que el plomero italiano Peter Karner, de 26 años, jefe de una banda de ladrones de carros, intentó extraerse los ojos en la cárcel “para no volver a desear el bien ajeno”, pero los médicos lograron evitarlo. ¿A qué viene esa pequeña historia? A ilustrar que, en muchos casos, la envidia se nos instala en la mente y se nos convierte en una pasión muy dañina que nos conduce, por ejemplo:
▪ A odiar al piloso ▪ Al culto ▪ Al que tiene gato encerrado ▪ Al que se siente caído del cielo ▪ A quien las coge al vuelo o a quien no entiende ni mu ▪ A quien “chicanea” con el dinero ▪ Al que saca 5 en todo y al que ni siquiera saca la lengua ▪ Al que es sordo como una tapia ▪ A quien se siente “al pelo” ▪ Al que nos miró feo, etc. Tendencias dañinas hacia los demás que constituyen un entrenamiento día a día para formar y liberar odios y desafectos más notables en terrenos de singular importancia para una sociedad.
Vale preguntarnos, entonces: ¿será que con tantas lecciones diarias de desafecto se pueden borrar las lesiones? Todo lo contrario: es como si los colombianos, de ayer y hoy, en general, hubiéramos sido preparados desde niños para manipular las capacidades (¡tan humanas!) de odio, desprecio o violencia.
Es que la dinámica de las inquinas sociales nunca se ha detenido en Colombia: ni cuando al país lo habitaban las tribus indígenas, ni durante la contienda entre naturales y conquistadores, ni cuando el virreinato, ni cuando enfrentamos al gobierno ibérico, ni cuando, ya libres, los antecesores de los partidos “históricos” se enfrascaron en sangrientos conflictos. Ni hoy, cuando la llamada “izquierda extrema” busca precipitar, no tanto una guerra civil, sino un colapso de mayor calado.