Taza de café y bebidas calientes de la colección de locería elaborada por la artista y docente de la Universidad de los Andes Olga Lucía García Mora (Instagram: @molgarcia) utilizadas para el servicio de los clientes de MINIMAL, coherentes con la ancestralidad y dar un trato de primera a sus comensales, visitantes y a los vecinos de Chapinero Alto. Foto: Instagram MINIMAL.
Como cada ocho días fuí a buscar sabores e historias de vida de emprendimiento en el milagro que el movimiento gastronómico Chapinero Alto ha realizado por la economía local, bogotana y colombiana frente a la ya no tan cacareada reactivación económica, social y ambiental del escenario postapocalíptico de 2020. Pero me encontré con la colombianidad esencial positiva que se halla en todos nosotros, con esa sabiduría ancestral que rechazamos y a veces ni siquiera valoramos que se encuentra en cada rincón de la Patria y muy cerca de nosotros. Eso sentí hablando con don Eduardo Martínez, cofundador y pionero del restaurante innovador que no solamente trajo a Bogotá una apuesta única de sabores, platos y fusiones que reivindican nuestros sabores y regiones, sino que es uno de los ejercicios empresariales más inteligente y representativos que se ven en los platos, el ambiente, la administración, el buen nombre, pero sobre todo en esa mano invisible que hace posible la vida moderna: la logística.
“El mito es el modo único de expresar verdades simples”
“El que no cree en mitos cree en patrañas”
“La cultura es básicamente el código de los buenos modales de la inteligencia”
Nicolás Gómez Dávila, filósofo y políglota colombiano. Cofundador de la Universidad de los Andes (1913-1994)
ME SIENTO COMO EN “MI PRIMERA CHAMBA”
No hay nada más frustrante y al mismo tiempo detonador de la consciencia de uno mismo y sus capacidades que tener al frente un reto que de entrada te sobrepasa, pero que sin embargo se tiene que superar. Un profesional en su ámbito que nunca haya pasado por esa situación, simplemente no ha realizado un ejercicio profesional nunca en su vida.
Eso fue lo que sentì entrevistando a Eduardo Martìnez, cofundador de la empresa familiar que hace veintitrés años, en el barrio Chapinero Alto que ha sido eminentemente residencial, abriendo camino para que sus casas de arquitectura inglesa de la primera mitad del siglo XX se convirtieran en el hogar de miles de sueños de jòvenes empresarios que con sus historias de vida e ideas, en esta Colombia actual cada vez más consciente de su riqueza, raíces y con mente más abierta tanto a reconocerse a sí misma, como a conocer otras culturas, y eso implica nuevas bebidas y alimentos.
La experiencia gastronómica y de conversar con Eduardo o su equipo de trabajo son simplemente experiencias que sobrepasan las expectativas y de las que no se vuelve a ser el mismo. Esa casa familiar que fue rescatada y acondicionada para montar un negocio que la hiciera autosostenible con los costos que ella implica, y después de muchas ideas, propuestas, Eduardo y su familia junto a sus socios se la juegan por una oferta gastronómica disruptiva, temeraria y hasta peligrosa para cualquiera que siquiera imaginara algo “por fuera de la caja” en cuanto a las categorías clasistas de la gastronomía en Colombia antes de 2003. MINIMAL fue una apuesta como se diría en el poker “all in” , el “todo o nada” del mundo de los galleros. Con pocos restaurantes en el lugar como Giuseppe Verdi de especialidades italianas, La Pular y el bar popular en ese entonces In Vitro, que fue la novedad al ser un bar de moda en la ciudad siendo vanguardista no solamente por su ambiente y oferta musical sino por quedar por fuera de los circuitos tradicionales de la Zona T, la tradicional Zona Rosa o los miradores de La Calera.
Poco a poco, lentamente de manera paralela la mentalidad del país (desde los cambios políticos, la evolución de conflictos en nuestro país pero al mismo tiempo un reconocimiento y rescate de la identidad colombiana) y la convivencia cada vez más intensa en Chapinero Alto entre su vocación residencial y el boom gastronómico -que se encuentran en tensión entre los emprendedores, la comunidad y las instituciones en cómo la calidad de vida, la vocación territorial y el aporte fundamental que Chapinero Alto desde 2020 ha generado a la economía de la ciudad y el país no entren en discordia-. Eduardo, ese ingeniero agrónomo con experiencia laboral en el Pacífico sur, la Amazonía y Orinoquía adquirió la sensibilidad de aportar con creatividad, inteligencia de negocios y sensibilidad humana a un rescate de lo realmente nuestro.
Plantear al público bogotano -entendiendo que Bogotá es un encuentro de culturas e identidades- una propuesta de Autoreconocimiento, “de no avergonzarnos de nuestras papas, de nuestras frutas, de nuestros sabores”, en palabras de Eduardo, contrario a la exclusión, que es según él la esencia de los imaginarios construidos en la mayoría de nuestros países de América Latina -punto con el que estoy de acuerdo-. Para terminar este largo colofón político al que me lleva la imponencia conceptual y gerencial del entrevistado, se podría decir que MINIMAL, es el triunfo desde la representación artística de la gastronomía -posible gracias a una muy buena administración organizacional- del cambio de paradigmas del país (con sus luces, sombras y matices) de esa revolución juvenil que desde la Séptima Papeleta hasta la Asamblea Nacional Constituyente que hizo posible el actual ordenamiento jurídico del país, no obstante resaltando como esencia colombiana algo no tan estricto en esas categorías tan precisas: la imaginación como un recurso para enfrentar a la adversidad materializado en la recursividad como rasgo cultural de nuestra esencia, como Eduardo resalta el rebusque económico como el mayor ejemplo -lo que el actual Gobierno Nacional llama “Economía Popular y Comunitaria”-
Taza de café que hace parte de la colección de locería de La Chamba, Tolima, donde se ofrecen el café y bebidas aromáticas calientes a los invitados de alto perfil y periodistas actualmente en el Palacio de San Carlos, sede principal de la Cancillería de Colombia. El rescate ancestral de materiales y utensilios colombianos hace parte de la lucha cultural y propuesta de MINIMAL, que afortunadamente no fue en vano. Fotos: Jhon Jairo Armesto.
SABOR A HUMANIDAD Y VALORES
Los platos, el ambiente, la creatividad, las combinaciones. Una total y absoluta locura. Eduardo en sus palabras y forma de actuar rompe verdades establecidas. Frases como “el futuro no es incierto”, dada su dependencia del uso de la imaginación como faro de la toma de decisiones con garantía de acierto. Eso se refleja cuando a lo largo de los años los sucesivos equipos de trabajo han sido la esencia del éxito y consolidación del nombre y clientela creciente de MINIMAL (que en palabras de Eduardo son 50% locales y 50% extranjeros) donde no existe un trato jerarquizado impositivo, sino una lógica del diálogo basado en la lógica razonable, la discusión y los consensos. Esa humanidad de MINIMAL se refleja tanto en el valor que se da a cada uno de los miembros del equipo y sus capacidades -como a Celmita, la jefe de cocina proveniente del Pacífico, quien encontró que su conocimiento ancestral de comida valía tanto como el conocimiento del canon tradicional de las escuelas de cocina a través del respeto y la empatía de Eduardo y el equipo-, en capacitar a chefs en sus múltiples viajes a lo largo del país y el mundo -entre ellas misiones como a Polonia en 2010 durante la celebración del Bicentenario de Independencia donde estuvieron a cargo del brunch del cuerpo diplomático y empresarial-.