Se confirmó que el alza del pasaje del Sistema Integrado de Transporte Público (SITP) será de $250 pesos y regirá a partir del 18 de enero del año entrante, lo que implica que las y los bogotanos deberán pagar $3.200 por un pasaje a partir de dicha fecha. Este anuncio de la Administración distrital ha generado diversas controversias, sobre todo, porque el alcalde Carlos Fernando Galán decide atribuirle la responsabilidad de este incremento al Gobierno nacional, a la subida del Diesel, al aumento del salario mínimo y a la reforma laboral. Esto para ocultar su falta de rigurosidad en la toma de la decisión, la evidente conveniencia del incremento de las utilidades de un oligopolio privado de transporte, la ausencia de medidas para renegociar los contratos con los concesionarios y su impacto desproporcionado en las familias más vulnerables de la ciudad.
El incremento en la tarifa del transporte incluye la unificación de la misma para los componentes troncal, zonal y TransMicable. En cuanto a la estrategia de Integración Social, se implementará el programa "Gasto en ciudad" del Ingreso Mínimo Garantizado, con el objetivo de beneficiar a 820 mil personas mediante la entrega de 5 a 12 viajes gratuitos al mes. Además, se ampliará el tiempo de transbordo y se lanzará una nueva tarjeta llamada TransMiPass, diseñada para ofrecer descuentos a los usuarios frecuentes que adquieran paquetes de viajes mensuales. Sin embargo, resulta cuestionable que esta medida se enfoque exclusivamente en usuarios frecuentes, cuando lo ideal sería fomentar el uso del transporte público entre quienes no lo utilizan regularmente. Esta estrategia podría agravar el déficit del sistema, el cual actualmente se financia a través del Fondo de Estabilización Tarifaria (FET).
El aumento de la tarifa del transporte responde a la necesidad de cubrir las pérdidas económicas que el sistema ha venido acumulando con el tiempo, ya que la tarifa pagada por los usuarios no alcanza a cubrir el 100% de los costos operativos. Esta situación se debe a la inclusión de diversos elementos en los costos del sistema, como la alta rentabilidad de los concesionarios de transporte, la devolución de la inversión en los vehículos, los costos por kilómetros de operación, la administración de la flota, la infraestructura de soporte, el pago a los operadores por la cantidad de pasajeros transportados y los costos asociados al proceso de recaudo.
Es decir, el déficit financiero del Transporte Público en Bogotá se debe a que la operación y funcionamiento de este, se lleva a cabo por un oligopolio privado de transporte, sometiendo a la ciudad a altos costos, en los que se incluye solapadamente la altísima utilidad de los concesionarios. Además, los privados no asumen ningún tipo de riesgo o responsabilidad por operar el sistema, todo lo asume el Distrito y la diferencia se compensa a través del FET (las pérdidas). De este modo, para el año 2025, en el presupuesto de Bogotá se decide otorgar al FET un monto de $3.1 billones de pesos.
En contradicción con la excusa de la Alcaldía, recordemos que, según la normatividad vigente, —específicamente la Ley 310 de 1996, artículo 2, y el Decreto 1079 de 2015—, se establece que en la cofinanciación de sistemas de transporte “en ningún caso se podrán cofinanciar gastos administrativos, de mantenimiento, PMO, de contratación o pago del personal requerido durante la ejecución y desarrollo del sistema, honorarios, viáticos, gastos de viajes o similares.” Sin embargo, a causa de la emergencia sanitaria provocada por el COVID-19 se entregaron recursos por parte del Gobierno nacional por encontrarnos en un estado de emergencia, no porque sea una obligación adquirida por la Nación.