No muere el fútbol con Maradona, como afirman los hiperbólicos argentinos. Al contrario, es tan fuerte y dominante en sus estructuras pasionales, que no ha sucumbido al egoísmo de los dirigentes, a la violencia, a los futbolistas tramposos y a los mercaderes de talento, como explotación humana.
Es difícil disociar las habilidades en las canchas, con la vida cotidiana, así, en el caso Maradona, haya sacudido el mundo con su desbordante talento.
Tras las sentidas notas luctuosas por su partida, ha reaparecido el juicio público implacable. Su mundo de fantasía, o una horda destructora. Su pecho inflado de orgullo, como artista único en los escenarios, y el despojo humano, balbuceante, sin movilidad, títere de intereses de un entorno sin sentimientos.
La tumba le dará el sosiego que su vida le quitó, después del ridículo sainete de su despedida, en el que confluyeron sentimientos de patria y llantos fingidos de bufones de un rey.