Petro se presenta como un líder carismático, seguido por multitudes. Sin embargo, su liderazgo no construye: incita a la violencia y la destrucción, heredero de las peores tradiciones de la izquierda radical colombiana. Hizo parte de un grupo armado, avalando así la violencia como mecanismo de acción política.
Un ejemplo escandaloso ocurrió en mi querido Popayán, donde un grupo de personas profanó la memoria de mi abuelo, el presidente Guillermo León Valencia, y para hacerlo, destruyó el patrimonio cultural de la ciudad. Uno de los participantes fue claramente identificado, pese a su gorra y gafas para ocultarse. Todos en Popayán lo conocen por su participación en el vandalismo durante los mal llamados “estallidos sociales” y su dedicación a las invasiones de predios y otros delitos.
Fue liberado como “gestor de paz” bajo la “Paz Total” de este gobierno. Una vez libre, este hampón ha emprendido una persecución mentirosa, meticulosa y peligrosa contra mi familia.
Ya antes, durante la toma violenta de la ciudad en el infame “paro nacional”, el hampa había robado la estatua de Valencia. Ahora, estos “artistas” aprovechan un escenario del Ministerio de Cultura —el Salón Nacional de Artistas— para, bajo ese pretexto, montar un grotesco “juicio popular” contra el presidente Guillermo León Valencia, al estilo del M-19. Arrastraron su estatua amarrada del cuello por las calles, una escena que ha escandalizado.
Quiero enfatizar que este hecho —un claro hostigamiento político— palidece ante la siniestra recreación que pretenden. De idéntica manera actuó el M-19 con José Raquel Mercado: no era una estatua, sino un líder afro y dirigente sindical. Los terroristas lo “juzgaron” con mentiras, lo torturaron, arrastraron su cuerpo desnudo por las calles y lo abandonaron muerto en una glorieta, con un comunicado justificando su atrocidad.