En un país donde la educación es un derecho fundamental, los datos son alarmantes. Según el informe del Programa Nacional de Educación para la Paz, la mitad de los niños y adolescentes colombianos no logran completar la educación media. Este fenómeno tiene profundas implicaciones no solo en el futuro de nuestros jóvenes, sino también en el desarrollo del país y en la seguridad de nuestras comunidades.
Pero, ¿por qué ocurre esto? Las causas son multifactoriales y complejas. A nivel económico, la pobreza sigue siendo uno de los obstáculos más grandes. En Colombia, el 33% de las personas vive en pobreza monetaria, y el 11% en pobreza extrema. Esto no solo limita el acceso a una educación de calidad, sino que también crea un círculo vicioso donde los niños, nacidos en contextos de vulnerabilidad, enfrentan barreras casi insalvables para acceder a oportunidades educativas que los saquen de esa pobreza.
Un dato especialmente preocupante proviene de Bolívar, donde más del 62% de las madres de los recién nacidos no han superado el bachillerato. Esto perpetúa un ciclo de limitaciones: si las madres no tienen las herramientas educativas para acompañar el proceso escolar de sus hijos, el riesgo de deserción se incrementa considerablemente. Si a esto le sumamos la falta de infraestructura, recursos y personal docente, se agrava la situación.
En este contexto, se hace urgente adoptar una visión educativa más inclusiva, accesible, aceptable y adaptable a las realidades de cada región. La escuela debe ser un espacio integral que no solo forme académicamente, sino también emocionalmente a los estudiantes, para que puedan desarrollar habilidades que les permitan afrontar las dificultades que enfrentan en su vida cotidiana.
En lugares como Uribia, los niños tienen que cruzar ríos y exponerse a graves peligros para llegar a la escuela. En nuestro departamento, el Tolima, la reducción de estudiantes matriculados refleja una crisis que no solo es educativa, sino también social. Las comunidades rurales, que históricamente han estado en la periferia del sistema educativo, ven cómo sus hijos abandonan las aulas, no por falta de deseo, sino por la falta de condiciones para estudiar de manera digna.