A veces siento que Colombia ha desarrollado una peligrosa habilidad: la de acostumbrarse a lo inaceptable. El reclutamiento de niños y niñas por parte de grupos armados es una de esas heridas que todos conocemos, que todos señalamos con indignación teórica, pero que muy pocos parecen dispuestos a enfrentar en serio. Y lo digo como alguien que convive a diario con la fragilidad de la infancia. Cada vez que leo un informe sobre reclutamiento, no pienso en cifras: pienso en rostros, en cuadernos a medio llenar, en sueños que nunca van a ser estrenados.
El reciente informe de UNICEF confirma una realidad incómoda: los grupos armados están reclutando menores cada vez más pequeños. La edad promedio ya no es 16 ni 15, sino 14 y, en muchos casos, menos. Y esa reducción de edad no es un dato anecdótico; es un indicador jurídico y ético de que estamos fallando en lo más elemental: proteger a quienes ni siquiera han terminado de construirse como personas. Un Estado que permite que un niño de 12 años entre a la guerra no solo está siendo vulnerable: está siendo ausente.
Me preocupa especialmente que casi la mitad de los niños reclutados pertenecen a comunidades étnicas. Esto no es casualidad. Es un retrato exacto de la desigualdad territorial del país. Donde el Estado se retira, la guerra ocupa. Donde no hay escuela estable, aparece el fusil. Donde la institucionalidad es intermitente, la ilegalidad es permanente. El reclutamiento no se explica solo por violencia: se explica por abandono estructural. Y ese abandono es una forma de violencia también.
A esto se suma un fenómeno que me resulta perturbador: hoy reclutar no es únicamente intimidar; es seducir. Los grupos armados entendieron el lenguaje emocional de los adolescentes mejor que el propio sistema educativo. No reclutan con discursos ideológicos, sino con promesas afectivas: pertenencia, validación, compañía. Utilizan redes sociales para presentarse como la alternativa que la escuela y la familia -muchas veces sin mala intención- no están logrando ofrecer. Las estrategias de reclutamiento son técnicamente propaganda emocional. Y funcionan. Porque los adolescentes, por definición, buscan sentido. Y la guerra sabe disfrazarse de hogar.
Las niñas, como casi siempre en los escenarios de violencia, llevan la peor parte. Hablar de violencia sexual contra menores reclutadas no es solo estremecedor: es revictimizante, pero silenciarlo también sería injusto. El país todavía no dimensiona que hay niñas obligadas a ser compañeras sentimentales de comandantes, niñas sometidas a abortos forzados, niñas convertidas en utilería de guerra. No son “casos aislados”: son patrones documentados. Esta violencia no es un efecto colateral, es un método.