La polarización política que agobia al país está afectando hasta la capacidad de emocionarse, celebrar y reconocer los hechos positivos que le ocurren a Colombia. De paso, es un palo en la rueda para que pasemos de la mentalidad ganadora a la mentalidad campeona, porque talento es lo que les sobra a nuestros futbolistas: mujeres y hombres.
El pasado 22 de septiembre culminó la Copa Mundial Femenina Sub-20 de la FIFA, en la que la sensacional selección de Corea del Norte, que ganó los siete partidos que disputó y anotó un total de 25 goles, alzó un trofeo que para ellos vale su peso en oro, pero que para nosotros debería tener incluso un mayor valor, pues demostramos que tenemos la capacidad para organizar cualquier evento mundial.
La Federación Colombiana de Fútbol, una entidad privada que acaba de celebrar sus primeros 100 años de historia, se ha puesto como misión, con su presidente Ramón Jesurún a la cabeza, disputar la sede de los más importantes eventos, ello en el contexto de incorporar el chip de lograr títulos a nuestros y nuestras jugadoras.
Hasta el momento, se ha logrado que la FIFA le confíe a Colombia los mundiales masculino Sub-20 de 2011, masculino Futsal 2016, el Consejo de la FIFA en 2018 y el que terminó recientemente con rotundo éxito: el Sub-20 femenino 2024.
Lograr la sede del evento orbital más importante tiene un gran mérito, y más aún cuando el país tiene el bochornoso récord de ser el único que ha renunciado a ser anfitrión de una Copa del Mundo, la de 1986, cuando el entonces presidente Belisario Betancur, con un puñado de excusas, privó al país de los beneficios económicos y sociales que derivaban del evento.