Una noticia falsa contiene más pólvora que un arma. Altera a la ciudadanía, arruina reputaciones o incluso provoca la muerte. En Colombia, la inseguridad no se limita a lo que sucede en las calles: también se manipula, viraliza y multiplica en las pantallas. La delincuencia real hiere cuerpos, pero la desinformación hiere algo más, la confianza social. Hoy, el rumor sobre el crimen aumenta su alcance y peligrosidad.
No es exagerado. En 2018, una cadena en WhatsApp afirmó que bandas estaban robando niños en Bogotá para tráfico de órganos, bastaron unas horas para que la paranoia se transformara en violencia, y en Ciudad Bolívar fueran atacados tres hombres extranjeros por una turba, uno murió linchado. La Policía comprobó que no había ningún niño desaparecido, pero para entonces el miedo ya había actuado. Esa noche un mensaje reenviado miles de veces dictó sentencia de muerte.
Casos como este no son exclusivos de Colombia. En México, ese mismo año, dos hombres fueron quemados vivos tras rumores idénticos. En India, más de veinte personas murieron en tres meses, linchadas por falsas cadenas sobre secuestradores. Las redes sociales, que llegaron para democratizar la voz, hoy pueden transformarse en cañones que disparan rumores. Como afirman los investigadores Robert Muggah y Katherine Aguirre en su informe “The Pandemic of Misinformation” la desinformación alimenta el miedo, estigmatiza a los grupos vulnerables y puede provocar violencia. Esto es tan cierto en las crisis de salud como en las crisis de seguridad. La mentira, una vez viral, es pólvora emocional.
Las plataformas digitales no están diseñadas para priorizar la verdad, sino la atención, y nada es más llamativo que el miedo. Un rumor sobre delincuencia, narrado con dramatismo y fotos impactantes, se retransmite en segundos. Apela a nuestro instinto primitivo de autoprotección. Si alguien dice que secuestran niños en nuestro barrio, el dedo se apresura a reenviarlo, por si acaso. Así, sin mala intención, todos participan en la propagación de la mentira. Falsedades que en ocasiones exigen sangre como prueba de justicia.
En sociedades como la nuestra con una confianza institucional erosionada, donde muchos creen más en el rumor del vecino que en un comunicado oficial, la narrativa de la inseguridad es tan poderosa que sobrepasa las cifras. El miedo es comprensible en una sociedad marcada por la violencia, pero esa misma fragilidad emocional transforma al país en un blanco perfecto para las fake news sobre seguridad. En un contexto donde el Estado es percibido como lejano o débil, cualquier cadena de WhatsApp suena más creíble que la voz oficial, y así, la desinformación se convierte no solo en un problema de percepción, sino en un desafío para la gobernabilidad.