Valdano lo llamó el fútbol Industrial. El mismo de las jornadas tediosas propiciadas por equipos irresolutos, sin ataque y temblorosos.
Aquellos que proclaman la táctica defensiva como única y fundamental razón del juego. Que se empecinan en correr, en destruir, en maniatar a los rivales, en despojarlos de la pelota, sin importar qué hacer con ella.
Como todo en la cancha pasa por el estilo y la firma de un entrenador, sus ideas y caprichos, las tardes con ovaciones estruendosas y no con rechiflas monumentales, los días con gloria y goles, con triunfo y felicidad, serán, los preferidos.
El futbol se debe privilegiar desde el espectáculo, desde las gambetas, habilidades y goles. Y no desde la vulgaridad de las patadas, que disfrazan carencias, en tardes de tedio y bostezo.
Son comunes, en la actualidad, los partidos cerrados, con interrupciones y fricciones, con futbolistas soldados que van a la guerra con los ojos brotados, los dientes apretados, los taches arriba y los planteos miedosos.
Con pizarras rayadas de flechas y señales, de entrenadores arquitectos del sufrimiento, del que llaman futbol científico, que inventaron el juego sin balón, que agregaron "matemática pura con logaritmos y raíces cuadradas", para acelerar la destrucción, que miden el rendimiento de sus jugadores en mapas de calor y no por sus habilidades.