“He perdido completamente la facultad de pensar o hablar con coherencia sobre cualquier cosa. Al principio, se me fue volviendo imposible discutir sobre un tema elevado o general y pronunciar aquellas palabras tan fáciles de usar que cualquier hombre puede servirse de ellas sin esfuerzo. Sentía un malestar inexplicable solo con pronunciar 'espíritu', 'alma' o 'cuerpo'.”
Tomado de “La carta de lord Chandos” de Hugo von Hofmannsthal
De nuevo me veo sumergido en el extraño mundo que gira alrededor de la escultura que representa el mito muisca de Bachué realizada en París por Rómulo Rozo hace ya casi un siglo. En cada ocasión he descubierto nuevas aristas en una historia que no deja de ser fascinante y que me hace sentir que “he perdido la facultad de pensar o hablar con coherencia.”
En esta ocasión, el pretexto para esta nueva inmersión es su presencia en Venecia en el marco de una bienal considerada, por algunos, el evento más importante en el mundo del arte. Es muy curioso verla en fotografías ahí, en una sala de otro tiempo, al lado de una no menos extraña pieza con serpientes dándole la espalda a un pequeñísimo cuadro de Frida Kalho, “Diego y yo”, que acapara toda la atención entre la ecléctica selección de obras que se alcanzan a ver en las fotografías que circulan por las redes.
Ya me había comentado Giangrandi, el pintor y grabador italiano quien desde joven vive en Colombia, que había sido invitado por el curador de la Bienal de Venecia, Adriano Pedrosa, a dicho evento junto a otros artistas colombianos sin mencionar a Rozo, por ello no dejó de causarme sorpresa tan inesperada participación de la afamada escultura. Como antecedente si pude ver por las redes que estuvo exhibida en Madrid en una exposición titulada pomposamente “Antes de América. Fuentes originarias en la cultura moderna”.