Hay temas que no deberían generar debate, pero vivimos tiempos extraños: lo evidente necesita demostración, lo ético necesita defensa y lo humano necesita recordarse. Hoy vuelvo a escribir desde ese lugar incómodo donde la razón y la indignación se encuentran. Desde ese punto donde uno se pregunta cómo llegamos a tolerar lo intolerable: la comercialización de muñecas sexuales con apariencia de niñas en plataformas globales como AliExpress y, semanas atrás, en Shein.
No me interesa el morbo del titular ni el escándalo pasajero. Me interesa lo que esto revela sobre nosotros como sociedad. Porque no se trata de “muñecas”, ni de “una polémica de redes”. Se trata de la normalización gradual, silenciosa y rentable de la sexualización infantil en un mercado sin límites y en un mundo incapaz de proteger a sus propios niños.
Sé que la violencia sexual no surge de un solo acto, sino de un ecosistema que la permite: la cultura, los discursos, los silencios, los mercados, los algoritmos y las omisiones institucionales. Estas muñecas son parte de ese ecosistema. Son un síntoma grave de una enfermedad que avanzó demasiado sin que nadie quisiera verla.
¿Qué nos dice de nuestra sociedad que un producto así pueda fabricarse, catalogarse, fotografiarse, describirse, publicarse, pagarse y enviarse a cualquier parte del mundo con la misma facilidad con la que compramos una camiseta?
Nos dice que el cuerpo infantil -simulado o no- se está convirtiendo en mercancía. Nos dice que hay demanda, porque nadie produce lo que no se vende. Nos dice que la tecnología ha creado un mercado tan amplio y tan veloz que ni el derecho ni la ética alcanzan a poner freno. Nos dice, sobre todo, que la protección de la infancia no es tan prioritaria como decimos en discursos oficiales.
Las plataformas se defienden diciendo que estos productos son publicados por vendedores externos. Esa frase, repetida hasta el cansancio, pretende diluir su responsabilidad. Pero en derecho hay un principio elemental: si te lucras con el producto, también te corresponde el deber de vigilancia. No existen excusas cuando lo que está en juego es la dignidad de los niños. No basta con retirar algunas publicaciones; se requiere un sistema de control, no una reacción cuando el escándalo explota.
Las descripciones de estas muñecas -“cara infantil”, “boca que se puede abrir”, “cavidad oral simulada”, “cuerpo de 120 centímetros”- no son inocentes. Cada palabra está cuidadosamente diseñada para insinuar lo que la plataforma no quiere reconocer abiertamente. Es una estrategia comercial que opera en la sombra, disfrazada de “producto para adultos”. Una estrategia que, al final, alimenta el mismo deseo que las leyes buscan erradicar: el deseo sexual hacia menores.