No se puede evitar la ambivalencia de la expresión “le llegó la hora”. Puede leerse como el enfrentamiento a un destino inevitable, la caída, el castigo e incluso la muerte; pero también puede interpretarse en sentido contrario: le llegó su momento de triunfo, cuando puede actuar con claridad y fuerza porque la suerte lo acompaña. Esto nos llena de inquietud debido a nuestro temor atávico a ser atacados por depredadores.
Ante esto, que un candidato se haga llamar “El Tigre” podría calificarse como una estrategia electoral equivocada, pero hay indicios claros de que ha sido todo lo contrario: muchos colombianos lo han recibido con satisfacción e incluso orgullo. Cuando Milei habló de la “motosierra”, el efecto fue similar. Según parece, llegó la hora de los depredadores como efecto de un cambio de roles: pasar de ser presas a ser cazadores.
Dediqué parte del domingo pasado al libro La hora de los depredadores, del sociólogo y ensayista político Giuliano Da Empoli. La aparición de líderes como Trump, Putin, Milei y Bukele, junto con los magnates tecnológicos, “ha desdibujado todas las reglas”, aplicando una manera —en apariencia despiadada— de tomar decisiones apoyadas por la IA, lo que podría significar una amenaza para la democracia. Pareciera, sin serlo por completo, una crítica a formas de gobierno menos racionales y más simbólicas, con la adopción totémica de un animal depredador que puede “destripar” al adversario, que no duda, que se muestra fuerte, domina el territorio y genera temor, pero también fascinación. Da Empoli presenta sus ejemplos sin una sentencia moralizante que radicalice su postura.
La asociación con uno de los personajes más sui generis de la batalla campal que se libra actualmente en la selección de candidatos en Colombia, Abelardo de la Espriella, es inevitable. Esta original forma de abordar la discusión política, con la introducción de “los depredadores” a quienes les llegó su hora —en el buen sentido—, además de ser muy atractiva, puede llegar a ser un aporte importante a la manera como entendemos el poder en sus nuevas manifestaciones. Que “El Tigre” comience a mostrar su cercanía con Trump, Bukele y Milei no es de extrañar; no es tanto lo que tienen en común, sino lo que cada uno puede aportar a nuevas maneras de gobernar muy arriesgadas, que se presentan como opción de cambio ante un estado de cosas que en sus respectivos países se volvió insoportable.
Las nuevas formas de poder que aportan “los depredadores” son directas y disruptivas, llegando incluso a dejar de lado los derechos tradicionales. Con ellos, los cambios culturales se perciben más como imágenes que como conceptos, de modo que las ideologías no tienen mucha cabida, habiéndose mostrado totalmente dañinas en los gobiernos comunistas.
Me pregunto si la aparición de “los depredadores” es la respuesta al predominio de “las ratas”, cuyo ejercicio del poder ha sido destructivo, como el kirchnerismo en Argentina, el desgobierno de Biden y el desastre de Petro y su camarilla. El depredador se presenta como una fuerza que impone orden: rápida, directa, instintiva, que restaura el equilibrio cuando el ecosistema se desborda. Su acción es clara, frontal, violenta pero medida. Es una figura temida, respetada, arquetípica, en un entorno donde la rata prolifera, el del abandono, la basura y la corrupción.
P. S.
Le he pedido a la IA una cronología de los hechos del caso que puede convertirse en la gota que rebose el vaso —ya lleno de podredumbre— del actual gobierno y que podría llevarlo a su caída: