Durante siglos la seguridad fue sinónimo de fuerza. Se protegían con muros a las personas, sus bienes y los territorios. El castillo medieval, el centinela en la torre, el escudo en la batalla: todo giraba en torno a la defensa física contra enemigos tangibles. El riesgo tenía rostro, el peligro venía de fuera, y la solución era clara: vigilar, cerrar, repeler.
Ese enfoque marcó buena parte de la historia moderna. Tras la Segunda Guerra Mundial el concepto de seguridad se consolidó en torno a la noción de seguridad nacional, centrado en la defensa del Estado frente a amenazas externas. Durante la Guerra Fría esta visión se acentuó: el enemigo era exterior, el riesgo era geopolítico, y la seguridad se medía por la capacidad de disuasión, control territorial y despliegue militar. La institucionalización de las fuerzas armadas, el auge de los sistemas penitenciarios, la carrera armamentista y la proliferación de cuerpos policiales respondieron a esa lógica.
En países como Colombia, con una historia marcada por el conflicto interno, esta doctrina se tradujo en una visión de seguridad centrada casi de forma exclusiva en el orden público y la respuesta armada. Las estadísticas de homicidios, el pie de fuerza y la ocupación territorial se convirtieron —y en muchos casos aún lo son— en los principales indicadores de éxito en la política de seguridad. Esta perspectiva, aunque útil frente a ciertos riesgos del siglo XX, quedó rezagada ante las transformaciones que trajo el nuevo siglo: amenazas difusas, actores no estatales, y un entorno digital cada vez más determinante en la vida cotidiana y en la soberanía misma de los Estados.
Y así, algo empezó a cambiar. El concepto de seguridad inició a ampliarse, lejos del capricho teórico, la realidad misma lo exigió. Emergieron nuevas amenazas: desastres naturales, terrorismo transnacional, migraciones masivas, la pandemia, y —con particular fuerza en las últimas décadas— el universo digital. De repente, ya no bastaba con controlar el territorio. Había que entender y gestionar lo inmaterial, lo intangible, lo global. El enemigo no siempre venía con uniforme ni portaba un arma. A veces estaba en un clic, en un código, en un algoritmo.
Fue entonces cuando se hizo evidente la necesidad de repensar el concepto mismo de seguridad, y en 1994 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo planteó que la seguridad debía dejar de ser únicamente estatal y contener un juicio holístico: proteger no solo la soberanía de las naciones, sino la vida, la dignidad y los derechos de las personas, en todas sus dimensiones. Esa fue una primera gran transición conceptual: de la seguridad como control físico a la seguridad como garantía de condiciones de vida.
Y es en ese punto donde aparece con fuerza el componente digital. En el siglo XXI los riesgos ya no se limitan a una calle oscura o a un conflicto armado. Están también en una base de datos expuesta, en una red doméstica mal protegida, en un algoritmo que decide sin transparencia. La seguridad ya no es solo física o social: es también digital, y esa dimensión es hoy tan estratégica como las otras, aunque aún subestimada.