Islamistas contrarios a la escolarización parcial de las mujeres en Afganistán estarían detrás del envenenamiento hace unos días, de al menos 79 estudiantes de enseñanza primaria en la provincia de Daikundi. Se trata de niñas de tercero y cuarto de primaria, de aproximadamente entre ocho y diez años de edad. Aquejadas de graves problemas respiratorios y atendidas de emergencia, han agotado las existencias de oxígeno en esa localidad. No es un hecho aislado, esto ya ocurrió el año pasado. Las autoridades talibán permiten la escolarización de primaria pero han prohibido el acceso de las niñas a la educación superior.
Al hilo de esta noticia procedente de Afganistán, ese fracaso de Occidente del cual no terminaremos de avergonzarnos lo suficiente; quiero decir, después de haber entregado el país, y sobre todo el destino de las mujeres, a los talibanes, hablemos de educación. Y de cómo el Estado, cualquier Estado occidental, puede afrontar la amenaza medieval que pronosticó en los años 60 el primer presidente de la Argelia independiente: “Inundaremos Europa con el vientre de nuestras mujeres”.
Hace algún tiempo, el Tribunal Supremo de Inglaterra desestimó la demanda de una alumna musulmana contra su escuela por prohibirle el ritual de oración, según el cual tendría que interrumpir clases para cumplir cinco veces al día con los mandatos de su credo. “Eso lo hace usted en su casa para que no interfiera en los objetivos legítimos de la escuela”, fue más o menos lo que vino a decirle el Tribunal, más que a la niña seguramente a su familia.
En la sentencia estaba en juego algo más que el uso del patio de un colegio para rezos religiosos en horario escolar. Estaba en juego un modelo de educación de éxito, basado en la secularidad. Un modelo educativo exportable, además, a todas las escuelas de Inglaterra porque no se trataba de una escuela cualquiera. Se trataba de la mejor de ese país.
El caso de la Michaela Community School es de los que marcan época. Su directora y creadora, Katherine Birbalsingh, es todo un personaje, una dama de hierro y muy diferente a todo lo que estamos acostumbrados a ver en estos tiempos que corren en Occidente en materia de educación. Katherine nació en Nueva Zelanda en 1973, de padre indio-guayanés y madre jamaicana, en una familia de clase media. Vivió en Canadá, Nigeria y Francia, lo que suele llamarse una ciudadana del mundo.