La sentencia en segunda instancia contra Santiago Uribe Vélez no se queda en los muros del Tribunal Superior de Antioquia. El fallo que lo condena a más de 28 años de prisión por concierto para delinquir agravado y homicidio agravado, por su rol en la creación del grupo paramilitar Los 12 Apóstoles y el asesinato de Camilo Barrientos, atraviesa de lado a lado la biografía política de su hermano, el expresidente Álvaro Uribe.
El Tribunal fue categórico: Los 12 Apóstoles fueron un aparato organizado de poder que practicó la “limpieza social” en el norte de Antioquia, responsable de crímenes de lesa humanidad. Su centro de operaciones: la hacienda La Carolina, en Yarumal. La decisión describe cómo desde allí se coordinaban asesinatos selectivos, torturas e intimidaciones contra personas señaladas como “indeseables” o supuestos auxiliadores de la guerrilla, dentro de un patrón sistemático de exterminio.
No estamos ante hechos aislados ni ante un montaje reciente. La sentencia recoge y valida testimonios que el país conoce hace más de una década: el del excomandante de Policía de Yarumal Juan Carlos Meneses, que habló de la existencia de un grupo financiado por Santiago Uribe y que operaba desde La Carolina; el de integrantes del propio grupo, que describieron el funcionamiento de la “lista negra” de personas a asesinar; las denuncias sobre torturas y homicidios cometidos dentro de la finca.
¿Y dónde entra Álvaro Uribe en todo esto? En el lugar donde siempre ha estado: en el contexto de poder que hizo posible que un grupo de limpieza social creciera, se armara, actuara con apoyo de miembros de la Fuerza Pública y, aun así, permaneciera intocado. El fallo señala que las operaciones de Los 12 Apóstoles alcanzaron su punto más alto precisamente en los años en que Álvaro Uribe consolidaba su liderazgo regional y llegaba a la Gobernación de Antioquia. Y coincide con lo que han dicho durante años informes de organizaciones de derechos humanos, exparamilitares e investigaciones periodísticas: que en el norte de Antioquia se tejió un nudo entre élites económicas, estructuras armadas ilegales y sectores del Estado.
Hay que ser claros y responsables: Álvaro Uribe no ha sido condenado penalmente por la creación de grupos paramilitares y recientemente fue absuelto en segunda instancia en el proceso por soborno y fraude procesal. Pero una cosa es el resultado de expedientes específicos, y otra muy distinta es el juicio político e histórico sobre el proyecto de poder que representó. La condena a Santiago Uribe es una pieza clave que encaja en un rompecabezas donde, durante años, se han acumulado testimonios sobre la relación entre las haciendas de la familia Uribe y el crecimiento del paramilitarismo en Antioquia.
Porque La Carolina no es una finca cualquiera. Diversos reportes la han señalado como propiedad de la familia Uribe Vélez, ubicada en el corazón de la zona lechera del norte antioqueño, y hoy la sentencia la identifica como centro de operaciones de Los 12 Apóstoles bajo la jefatura de Santiago Uribe. La pregunta que se abre es tan simple como demoledora: ¿Cómo puede ser posible que, en una propiedad de la familia del entonces líder político regional —y luego gobernador y presidente de la República— funcionara durante años un grupo paramilitar de limpieza social, comandado por su propio hermano, sin que él hubiera sabido nada?