El honor más grande que he tenido es trabajar de cerca con el Presidente Uribe, el mejor presidente que yo haya conocido. El gran colombiano.
Los datos de su gobierno hablan por sí solos; nos devolvió nuestro país. El homicidio bajo 46%, 70% el terrorismo, y crecimos y superamos la pobreza con las políticas sociales más efectivas que haya visto nuestra historia.
En todos estos años he aprendido sobre los temas públicos de él, más que de los expertos. Es profundo y creativo, encuentra soluciones que solo los más conocedores son capaces de plantear. Lo he podido ver en su trato con la ciudadanía, tiene una pregunta que demuestra su interés en la persona, y un comentario que lo hace sentir cercano. Lo he vivido como líder de nuestra bancada prudente, alentándonos a tomar las decisiones, orientando con esa pausa que solo tienen los sabios. Lo he visto siempre pregonando con su ejemplo sencillo e inquebrantable en su moralidad que se expresa desde lo más pequeño hasta lo grande.
Tal vez por eso, por admirarlo y quererlo tanto, su proceso judicial me ha dolido.
Es una injusticia de principio a fin. Haberse atrevido a detenerlo como si fuera un delincuente. Tener que ver como de los testimonios de criminales y bandidos de poca monta parece pender su libertad y su honra; es asqueroso. Solo puedo pensar en la poderosa frase de Valencia cuando nuestro Libertador Bolívar vivió ataques: “tú, viejo domador de leones, acosado por ratas”.
No creo que exista en el mundo un precedente así: donde criminales condenados tengan la credibilidad ante alguna instancia para destruir un expresidente.
Semejante aberración tuvo origen en la perversa maquinación de los enemigos de la izquierda. Que son enemigos y no adversarios, porque su único propósito es la venganza política, la igualación de las cargas morales. Esos dirigentes que han defendido la lucha armada, que han incubado ideas de crímenes altruistas y de causas objetivas de la violencia para justificar los crímenes atroces de las guerrillas, quieren a toda costa convencer al país que la derecha, que su líder, también avaló el paramilitarismo. Quieren ponernos a todos en el mismo piso moral. No hay ahí ninguna búsqueda de justicia, estos mismos fueron los defensores de los creadores de la Nueva Marquetalia -narcos y asesinos- que recogían en sus carros y que lloraban exculpándolos con la teoría del entrampamiento.