Pierden la cabeza los entrenadores, explicando éxitos o fracasos. Demagogos, parlanchines y conflictivos.
Alfredo Arias de Junior, corre desaforado de un lado a otro, grita, insulta, provoca, como un gamberro más, al borde de la cancha. No entiende que al aficionado Tiburón se le seduce con buen futbol, bellos goles, títulos y no con excesivo protagonismo.
Lo mismo Diego Merino, el español de Equidad, con pinta de actor porno. Salta descontrolado como una avispa y llora como un nene por un triunfo.
Con la mejor nómina, nervioso en extremo, a Javier Gandolfi, en Nacional, se le afloja la correa cada vez que recibe un gol o fallan sus jugadores. La ropa le incomoda, o le queda grande. Lo dicen sus gestos. Ocurre con cierta frecuencia.
A Herrera en el Once, lo delatan las cámaras de la Tv. Constantes son sus regaños e insultos a los futbolistas, sin tolerancia al error. ¿Y los suyos?
Alberto Gamero ya toma conciencia, por los resultados en el Cali, que se subió a un avión fallando, lo mismo Alexis García, en Unión, con el acoso del descenso.
Sufre Leonel en Bucaramanga porque después de cumplir brillante tarea en la Copa, sus Leopardos escondieron las garras y cayeron en los penales.