El debate sobre el bombardeo en Guaviare, donde murieron menores de edad reclutados, ha regresado a la agenda, pero no por el dolor que debería generar, sino como una descarada y oportunista cacería de cámaras y reflectores. Los niños y adolescentes se han convertido en la excusa perfecta para la disputa. Porque la verdad, por hiriente que sea, es que la vida de los menores en Colombia es irrelevante para la mayoría de la clase política: no dan votos, no dan dinero, ni producen poder.
La muestra más descarada de este cinismo viene justamente de la izquierda que hoy gobierna desde el Palacio.
Cuando eran oposición, Petro, Wilson Arias, Iván Cepeda y otros calificaban hechos similares como “crímenes de Estado”, acusaban al gobierno de turno de “facho” y “nazi” y usaban ese dolor para desestabilizar y tumbar a un ministro. Hoy, con los mismos hechos sobre la mesa, defienden la operación como una acción legítima del Estado. No es un descuido: es cinismo puro. Su luto nunca fue por los niños, sino por la disputa por el poder.
Esta hipocresía se extiende a la mayoría de la clase política, que ahora se suma a la gritería oportunista. Hoy la pregunta es inevitable: ¿dónde estaban mientras ocurría, en silencio, el verdadero dolor de la niñez?
¿Y dónde estaba la indignación cuando supimos que, a agosto, Medicina Legal reportó 429 niños y adolescentes asesinados o cuando conocimos el aterrador dato de 189 suicidios? ¿Por qué esas cifras nunca provocaron debates encendidos en el Congreso? ¿Por qué la vida de un menor vale más si muere en un bombardeo que si muere por violencia intrafamiliar o por abandono del Estado?
Mientras hoy se rasgan las vestiduras, UNICEF advierte que el reclutamiento de niños y adolescentes aumentó un 300% en los últimos cinco años y que más de 1.200 fueron usados en la guerra. Cifras de una tragedia que casi nadie quiso mirar.
Sí, hay unos pocos congresistas que trabajan de forma seria y constante por la niñez, pero son una minoría aislada. La mayoría solo aparece cuando la coyuntura les conviene. Cuando no hay cámaras, la niñez les resulta invisible.