Gracias Dios universal, absoluto Dios sin religiones, Dios omnipotente cercano a los pobres y alejado de los poderosos, agoreros y mentirosos. Gracias Dios generador de conciencia, amigo de la ciencia, eterno Dios de la benevolencia. Te doy gracias como te las da la naturaleza, cansada del abuso depredador del hombre inconsciente, ignorante y prepotente.
Acepto tu llamado a la cordura, a sentir al hermano a quien debo entender como un igual, porque ya no es posible mirarlo con desdén; entendí que él es parte de mi salud o de mi muerte, de mi bienestar o mi dolor, de mi claridad o de mi confusión, de mi victoria o de mi derrota.
Gracias Dios castigador por llamar nuestra atención con severidad, pero con compasión. Por hablarnos en silencio de tu desazón, pues siempre, a través de todas las lecciones de conciencia, nos habías advertido de las pandemias que cruelmente habían puesto en jaque a nuestro planeta: la del dinero, la de la soberbia, la de la irracionalidad, la de la lujuriosa apropiación de la naturaleza, la del olvido de lo elemental, lo humilde y lo sencillo.
Gracias Dios perdonador por forzarnos en cuaresma universal, a dejar respirar la madre tierra, a limpiar el aire sin nuestra presencia y a permitir que sea ella misma, quien en comunión directa con el agua, la hierba, el animal salvaje y todos los seres que viven en ella, quien restañe sus heridas, y nos indique, con cantos melodiosos de aves sin temor, en libertad plena, que ya no aguanta más ofensas, que es la hora de armonizar las almas, las mentes, las conciencias y entablar un diálogo tranquilo con la naturaleza.