Fracasan los que hacen. Si vos no haces nada, nunca vas a fracasar pero tampoco, nunca vas a hacer nada; ni aprender nada. El éxito pasa indefectiblemente por el fracaso y el error.
Diego Zúñiga en su novela Tierras de Campeones, escribió: “Cuando usted le evita a una muchacha la posibilidad de que cometa un error, le evita también la posibilidad de que se desarrolle” o como escribió San Agustín: “yerro, luego existo” porque de humanos es equivocarse y el error es un paso inevitable, connatural al hombre.
Es más, éxito y error son las dos caras de la misma moneda porque no se tiene éxito si antes no se cometen errores. En el evangelio, en Juan 14:6, se lee, nadie viene al Padre, sino por mí. Jesús es el camino. Así mismo, nadie llega al éxito sino pasa antes por el fracaso, porque el fracaso, es el camino.
La vida, de hecho, es un andar probando, arriesgando y encontrándose con cosas con las que antes no se habían topado. Y alguien que ha cometido muchos errores —aunque nunca el mismo error más de una vez— es más de fiar que quien no ha cometido ninguno, porque será un aprendiz.
Todos los exitosos han pasado por fracasos y he ahí, ¡eureka! la piedra angular, el secreto, el paso anterior al éxito, el que lo antecede. Por eso, estudiar el error y el fracaso, el propio y el ajeno y corregirlos, es la vía que conduce al éxito. Por ejemplo, cuando se estudió y corrigió el error que cometió el Titanic o los accidentes de los aviones comerciales, esos errores han hecho que no se haya producido otro evento como el del Titanic y que el transporte aéreo sea el más seguro del mundo.