Si me dices que la reciente final de Champions, fue un partidazo, me niego a aceptarlo. Fue un ir y venir frenético, físico, con pocas opciones de portería, aunque trascendentales acciones de Courtois y Kobel. Algo faltó, especialmente al campeón en el primer tiempo, dominado por un rival esquemático, recio, agrupado en su defensa, con pocos recursos ofensivos.
No hubo chispa, ni sorpresa, ni habilidad individual para subvertir el orden. La encontró Ancelotti con Vinicius, Modric, Valverde, Carvajal y Camavinga, repuesto este último de un desastroso comienzo.
Rígido, como el de su rival, el esquema de Ancelotti, tan italiano, ambicioso con medida, demoledor con paciencia, rápido en los repliegues y veloz en los contraataques.
Sin talento desbordante de futbolistas como genios. No hubo un Zidane, por ejemplo.
Recuerdo su inolvidable volea, el mismo día en la final de Glasgow, en la que se consagró Casillas con sus paradas de infarto. Tampoco un Ronaldo con su repertorio inigualable.
Estaba Kross, el más genuino exponente del fútbol antiguo adaptado al contemporáneo. Con una admirable precisión de pase, que embruja. Con él o con futbolistas como él, el “10” en el fútbol, nunca desaparece.
Final con campeón lógico, pero de desarrollo absurdo. El buen fútbol hubo que buscarlo con lupa.