Después de muchos años de peregrinar exitoso por el mundo, Falcao, el predicador de las buenas costumbres, el goleador eterno, regresó a Colombia y alborotó a los hinchas de Millonarios.
Lo hizo como declaración de amor a sus colores, se enfundó la camiseta, actuó con ella, agitó estadios y encendió pronósticos, con la posibilidad de un título.
Aunque quedó en deuda, le dio perfume a la liga.
Inspiró el camerino, motivó con ejemplos y palabras, se ciñó a los discursos de Gamero, el técnico, y aportó lo que su decadente físico le permitió, sin rehuir por caprichos los desafios, los partidos o los esfuerzos.
Todos saben que su carrera, aún penetrante, está en el ocaso. Que no es el mismo e inmimente es su despedida, aporreado por las lesiones y el paso de los años.
El público le brindó respeto, era lo esperado, porque hace mucho tiempo se lo ganó con su comportamiento en las canchas y fuera de ellas.
No ha habitado Falcao en otros mundos, ni se mueve en una burbuja. Es y será del pueblo. Lo ha demostrado. No ha caído en el abominable comportamiento de los caprichos ni ha tenido los desbordes vanidosos, comunes en las estrellas.
Imposible es olvidar su fulgurante carrera, sus tardes de goles magistrales, su recorrido por la élite del futbol, su influencia en la selección, como espejo para las nuevas generaciones.
Lo que algunos “sabios” del futbol le desconocen, empeñados en minimizarlo.
De nuevo en Colombia anotó cuatro goles, participò en 16 partidos. Llenó las gradas. Produjo noticias. Accesible, tuvo contacto con la gente sin aires delirantes.