Hay hechos que se desvanecen de los titulares, pero no de la conciencia de un país. Un edificio destruido por una bomba, un secuestro que paralizó a una generación, una masacre apenas susurrada en un pueblo, un video viral de un atraco: todos se incrustan como fragmentos de un relato que seguimos contando sin darnos cuenta. Colombia no está hecha solo de cifras; también está hecha de escenas que definieron cómo aprendimos a sentir el riesgo. No siempre son los hechos más numerosos, pero sí los más recordados, y en un país que ha convivido tanto tiempo con el miedo, esos eventos terminaron convirtiéndose en lentes: no vemos solo lo que ocurre, sino lo que tememos que vuelva a ocurrir.
Zygmunt Bauman llamó a esto el “miedo líquido”: amenazas que no están siempre presentes, pero nunca desaparecen del todo. El narcoterrorismo instaló esa sensación de fragilidad prolongada. Aunque muchas de esas tragedias pertenecen a otra época, su eco emocional sigue activo. El temor dejó de depender del presente y se volvió memoria condicionante. Por eso millones de ciudadanos siguen caminando con una prudencia heredada, como si el país pudiera fracturarse en cualquier momento.
Ulrich Beck advirtió que los riesgos modernos no son solo probabilidades, sino interpretaciones. En Colombia, un evento de alto impacto redefine la manera en que una ciudad entera organiza su miedo. Masacres rurales, secuestros emblemáticos o atentados puntuales se transforman en “eventos marco” que alteran la percepción nacional, incluso si no representan la tendencia general. Tras décadas de trauma acumulado, cada nuevo hecho se interpreta como confirmación, no como excepción.
Pero algo cambió en los últimos años: los atentados dieron paso al reinado del video viral. Hurtos violentos, riñas escaladas, extorsiones grabadas desde un celular se repiten a diario. Barry Glassner lo resume con precisión: las sociedades tienden a temer aquello que ven una y otra vez en las pantallas, incluso si no es lo más frecuente. En Colombia, diez segundos de video pueden pesar más en la percepción ciudadana que un informe completo de seguridad. El resultado es una sensación de colapso permanente que erosiona la confianza institucional, a veces más que el delito mismo.