Este 20 de noviembre se han cumplido cincuenta años de la muerte de Francisco Franco, el dictador que gobernó España con puño de hierro desde su victoria en la guerra civil de 1936-39 contra el gobierno republicano. Murió en su cama, cuestionado por amplios sectores de la sociedad, pero sin que su régimen conservador se tambaleara; y con la íntima satisfacción, quizá, de ver restaurada la monarquía que él mismo había diseñado. El príncipe Juan Carlos heredó, íntegros, los poderes absolutos del dictador.
Lo sorprendente fue lo que vino después. Tras unos meses de vacilaciones —durante los cuáles indultó a los presos políticos—, el nuevo monarca renunció de manera fulminante al legado autoritario que había recibido. España se encaminó así hacia una democracia plena, levantó un Estado de bienestar y se integró sin reservas en el Occidente democrático: primero en la OTAN, en 1982, y después en la Comunidad Europea, en 1986. Sobre la base del crecimiento económico iniciado en los años cincuenta, cuando el régimen abandonó la autarquía y confió en tecnócratas, para abrir la economía, el país dio un salto excepcional hacia un estatus de nación desarrollada.
En ese momento —1975— recuerdo un país pobre incluso para algunos estándares de vida que yo había dejado en Colombia. Sin embargo, tras la muerte del dictador, la sociedad española se fue transformando, pasó de los rigores de un catolicismo ultramontano a convertirse en una de las más liberales del mundo, impulsando transformaciones profundas en los derechos de la mujer y en la vida privada. España, en suma, se convirtió por fin en un país plenamente europeo.
La transición democrática se convirtió en referencia internacional: un proceso modélico, logrado sin derramamiento de sangre. Hubo solo dos episodios que fueron los lunares de aquel proceso. El primero, el intento de golpe de Estado de 1981, frenado con una decisiva intervención del rey, que entonces ejercía de monarca constitucional como Juan Carlos I. El segundo, el terrorismo de ETA, derrotado décadas después por la fuerza pública y el sacrificio de buena parte de la sociedad española. Aquella transición fue posible gracias a un pacto histórico entre reformistas del régimen franquista y una oposición moderada por cuarenta años de represión. La izquierda aceptó la monarquía, la derecha franquista se hizo el harakiri en el rancio parlamento del antiguo régimen, y una amnistía cubrió el pasado, para bien y para mal.
Sin embargo, medio siglo después de la muerte del dictador, aquella arquitectura institucional tan celebrada tiene, en mi opinión, una grieta profunda que condiciona hoy la política española: la Ley Electoral. Su diseño sobrerrepresenta de manera escandalosa a los partidos nacionalistas vascos y catalanes, otorgándoles un peso parlamentario desproporcionado. Estas formaciones comprendieron pronto que podían convertir ese desequilibrio en un arma permanente de negociación y, a menudo, de chantaje político: apoyos decisivos al gobierno central a cambio de privilegios, y nuevas cuotas de gobierno para esas regiones y sus veleidades independentistas. Medio siglo después, continúan en la misma estrategia, amparadas por un sistema que multiplica artificialmente su fuerza.