Todas las empresas son imperfectas, partamos de ahí. Eso no significa, necesariamente, que sean malas. Son así porque son humanas. Si aceptamos que las organizaciones pueden equivocarse, podremos entender que, en el agregado, le representan a las sociedades bondades exponencialmente superiores en contraste con sus deficiencias.
Cualquier historia de progreso humano tiene a una empresa como parte de su relato. Me atrevo a afirmar esto porque esa movilización favorable es impulsada por personas que trabajan a partir de un objetivo compartido. Una empresa es, al fin y al cabo, la extensión del ingenio y el sudor colectivo.
¿Que lo pueden hacer mejor? Por supuesto. ¿Que fallan eventualmente en su gestión? No hay duda. ¿Que hay elementos que no nos gustan? Como todo en la vida. Pero la gratitud por abrirnos la puerta y permitirnos desarrollar nuestro potencial debería ser mayor a esas críticas coyunturales. También es nuestro deber contribuir, desde una visión constructiva, a lograr que sean mejores, pues si algo está fallando, nosotros, como parte de esa institución, también podemos estarlo haciendo.
Las empresas son un camino, nunca están terminadas. Esa es otra realidad. Su supervivencia radica, precisamente, en la condición de mantenerse joven, esto es, que sea dinámica, activa, innovadora y que busque moverse permanentemente. En el segundo congreso de Procentrismo que se llevó a cabo hace unos días en la ciudad de Medellín, uno de los ponentes del evento pedía tres cosas al Estado: rule of law (seguridad jurídica), seguridad física (de las personas, los bienes, etc.) y un manejo técnico de las finanzas públicas. Muchas organizaciones no quieren subsidios, ni beneficios irrisorios, quieren contar con las condiciones esenciales que les permitan competir con tranquilidad, enfocándose en sus negocios y no sorteando vicisitudes permanentes, producto de la imaginación de los gobiernos.