Rodó la pelota en el mundial de clubes, faraónica invención de Infanino, quien fortaleció su condición de líder y dictador del futbol, respaldado por el poder del dinero que llegó en torrentes desde Arabia, como peaje para celebrar los próximos torneos, con jugosos premios.
Torneo forzosamente incrustado en los calendarios, que agigantó la brecha entre el futbol rico y el pobre, que reafirmó el poder de los europeos frente a los suramericanos, a pesar de las polémicas prefabricadas e insulsas, de apasionados periodistas dispuestos a demostrar lo contrario.
Infantino, genuflexo ante Trump, que presumió de hincha del futbol y del Manchester United, porque su hijo es del Arsenal, mientras persigue, despiadado e implacable, a los migrantes de los países subdesarrollados, la fuerza invisible de su economía y visible en los estadios.
El Mundial que robó el descanso a los futbolistas famosos, los llevó al límite físico, mientras sus patrones agigantan sus cuentas bancarias. Fútbol dinero- exclavitud y no fútbol espectáculo.
Por fortuna, con partidos como los del PSG, o los del Chelsea, con las impactantes y escandalosas eliminaciones del Real Madrid y el City, los toques de distinción de los brasileños, en contraste con la humillante caída de los argentinos, convencidos al comienzo del torneo que serían campeones del mundo.