Hace poco, Shakira y Bizarrap sacudieron las redes con la famosa frase "Las mujeres ya no lloran, las mujeres facturan", una expresión que se ha convertido en un himno de empoderamiento y transformación para muchas mujeres en todo el mundo. En una sociedad históricamente machista, donde el papel de la mujer estaba definido entre el hogar y el cuidado de los demás, esta frase se alza como un grito de independencia, de rompimiento de las cadenas que nos mantenían atadas a los espacios invisibles de la casa.
Ya no es tiempo de que las mujeres se queden en la sombra; hoy, las mujeres exigen ser reconocidas no solo por su capacidad de cuidar, sino también por su habilidad para generar, para facturar, para ocupar espacios en el mercado laboral, en la política, en las empresas y en la cultura. Lo que Shakira está diciéndonos es claro: las mujeres no solo están preparadas para gestionar su vida personal, sino también para ser agentes de cambio económico y social, y ya no estamos dispuestas a seguir relegadas.
Pero, más allá de la ironía que a veces conlleva escuchar esa frase en un contexto que no ha sido tan generoso con las mujeres, hay una realidad que no podemos ignorar. Mientras millones de mujeres siguen luchando por su autonomía económica, muchas continúan siendo las encargadas, sin remuneración alguna, de las tareas de cuidado y las labores domésticas que sostienen a la sociedad.
Este trabajo no solo es invisible, sino que sigue siendo sistemáticamente desvalorizado. Esas horas interminables que dedicamos a cuidar la casa, a atender a los hijos, a velar por los padres mayores, no se reflejan en las estadísticas de productividad, no se registran en el sistema económico ni nos permiten acceder a pensiones o derechos laborales. Y aunque la sociedad y el mercado laboral hayan empezado a reconocer a las mujeres fuera de los hogares, el trabajo de cuidado sigue siendo una asignatura pendiente, tanto para los gobiernos como para las instituciones sociales y económicas.
El trabajo de cuidado, en toda su magnitud, sigue siendo uno de los aspectos más ignorados en las estadísticas laborales. Según datos de ONU Mujeres, el 71% del trabajo no remunerado de cuidado lo realizan las mujeres a nivel mundial, lo que equivale a alrededor del 16% del Producto Interno Bruto (PIB) global. En Colombia, esta carga es aún más evidente: las mujeres dedican tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidado, según el informe de Fondo Mujer.
Pero lo más alarmante es que estas actividades no se reconocen como trabajo formal, ni se remuneran de ninguna manera. Lo que tenemos es una división desigual de tareas en la que las mujeres, además de cargar con una jornada laboral formal, asumen de manera casi exclusiva la responsabilidad de las labores de cuidado, un trabajo indispensable para el funcionamiento de la sociedad, pero que sigue siendo invisibilizado por las políticas públicas.
Este desajuste no solo tiene un impacto en la vida cotidiana de las mujeres, sino que también afecta su autonomía económica y su capacidad para generar ingresos o acumular recursos. Según la Defensoría del Pueblo, las mujeres colombianas dedican, en promedio, 3,6 horas diarias al trabajo doméstico, mientras que los hombres solo dedican 1,3 horas. Esto no es solo una cuestión de desbalance en las tareas del hogar, sino también de una desigualdad económica profunda, ya que las mujeres que se dedican mayormente al cuidado del hogar no tienen acceso a pensiones, seguridad social o beneficios laborales que les permitan generar ingresos estables o pensiones para su futuro.
Esta dependencia económica las coloca en una posición de vulnerabilidad, especialmente en tiempos de crisis económica, como la que vivimos durante la pandemia del COVID-19, cuando las mujeres no solo soportaron una sobrecarga de trabajo, sino que además vieron reducidos sus ingresos y su acceso a oportunidades laborales formales.