¿Qué significa estar seguros? ¿Tener más policías en las calles? ¿Sentir que nada malo nos pasará? ¿Confiar en que las reglas se cumplen para todos por igual? En el país, como en muchas otras sociedades marcadas por la fragmentación social, la respuesta a esa pregunta no corresponde solo a las cifras de criminalidad ni a los planes institucionales. Depende, sobre todo, de la cultura. La seguridad no se construye solo con leyes y patrullas: se moldea en lo que valoramos, en cómo nos relacionamos, en lo que consideramos justo, en lo que toleramos y en lo que callamos.
En los debates sobre seguridad se asume que las políticas se malogran por falta de técnica, de recursos o de coordinación. Pocas veces se reconoce que a menudo está en crisis la base cultural sobre la que se intenta actuar. ¿Cómo puede funcionar una estrategia de legalidad en una sociedad que normaliza el atajo? ¿Cómo exigir corresponsabilidad ciudadana en contextos donde el interés colectivo es visto como ingenuidad? ¿Cómo construir confianza en la norma cuando el ejemplo del poder es la excepción? No hay política de seguridad que funcione en una cultura que normaliza la trampa y desconfía del bien común: la seguridad se enseña, se valora y se practica.
La relación entre seguridad y cultura la explican los politólogos Ronald Inglehart y Christian Welzel en “Modernization, Cultural Change and Democracy”, como los valores dominantes que en una sociedad moldean las instituciones que se demandan y las formas de autoridad que se legitiman. Sociedades marcadas por el materialismo, la desconfianza interpersonal y el miedo a la incertidumbre tienden a justificar formas de control autoritarias, incluso si no son efectivas. En cambio, comunidades donde se valoran la autonomía individual, la igualdad ante la ley y el civismo cotidiano suelen construir instituciones más incluyentes y resilientes. Lo cultural, lejos de ser un telón de fondo, es un motor activo que define cómo se interpreta y cómo se vive la seguridad.
Este vínculo se observa con claridad entre la percepción y los índices de criminalidad. Fuera de estos dos elementos es de mayor valor la lectura que la cultura hace del entorno: en un barrio con baja cohesión social, escasa confianza entre vecinos, que normaliza la evasión del deber ciudadano, cualquier gesto de autoridad será visto como intrusivo, y toda actuación será percibida como imposición no como transformación. En sentido contrario, comunidades que se apropian de sus espacios, que organizan la convivencia, que valoran el cumplimiento de normas básicas, tienden a generar entornos seguros incluso con escasa presencia institucional.