A veces pienso que la docencia no se corrompe por dinero ni por poder, sino por algo más peligroso: la rutina, la indiferencia y el cansancio del alma. Lo he visto. Lo he sentido. Y duele.
Cuando un maestro empieza su camino, lo hace con los bolsillos llenos de sueños. Llega con ideas frescas, con brillo en los ojos, con esa ilusión de que podrá cambiar el mundo desde un tablero. Pero el sistema -ese monstruo de papeleos, evaluaciones absurdas, comisiones sin sentido y falta de empatía- empieza a devorarlo en silencio. Lo ahoga poco a poco, lo acostumbra al “da igual”, al “no vale la pena”, al “mejor no me esfuerzo tanto”.
He escuchado muchas veces esa frase maldita en la sala de profesores: “Espere que pasen uno o dos años, así inician todos”. Lo dicen con una sonrisa cómplice, como si la alegría fuera una fiebre temporal, una moda pasajera, una ingenuidad propia de los recién llegados. Pero no. Lo que debería quitarse no es la pasión, sino la costumbre de matar la esperanza.
El profe corrompido no es necesariamente malo. Es, más bien, un sobreviviente. Es ese docente que alguna vez quiso innovar, pero se cansó de que nadie lo valorara. El que quiso exigir, pero terminó cediendo porque las familias reclamaron más notas que procesos. El que quiso hablar, pero se calló porque sabía que enfrentarse al sistema le costaría su paz.
El profe corrompido es el que ya no enseña para transformar, sino para cumplir. El que da clases sin convicción, que pasa a los estudiantes por pasar, porque reprobar implica más papeleo que aprendizaje. Es el que prefiere llenar planillas antes que llenar mentes. Es el que se maquilla mientras hablan de sus estudiantes, el que finge compromiso en reuniones, el que presume en redes sociales ser “docente con alma” mientras ignora las miradas tristes de sus estudiantes en el aula.
Y no lo digo desde el juicio. Lo digo desde la tristeza. Porque también he sentido esa tentación de bajar los brazos, de dejarme arrastrar por la corriente, de pensar que el esfuerzo no vale la pena. La educación en Colombia no solo necesita recursos: necesita esperanza, reconocimiento y humanidad.
El maestro se corrompe cuando lo tratan como un número, cuando su voz no cuenta, cuando su pasión se convierte en un trámite. Se corrompe cuando las familias lo ven como el enemigo, cuando los directivos confunden autoridad con castigo, cuando para los coordinadores o rectores, el malo siempre es el profesor, cuando el Estado le exige todo pero le da tan poco. Y se corrompe, sobre todo, cuando empieza a creer que su trabajo no cambia nada.