Hay gestos políticos que cambian la historia más que una guerra. En febrero de 1972, Richard Nixon aterrizó en Pekín para reunirse con Mao Tsetung. Aquella visita, concebida como una maniobra táctica contra Moscú, abrió un ciclo que terminaría transformando el orden mundial.
Un embajador de España en China, a quien conocí hace más de treinta años en el ejercicio de su gestión en Pekín, acaba de publicar un lúcido libro sobre ese fenómeno, Medio siglo desde que Nixon se abrió a China, que es fruto de una situación excepcional: Eugenio Bregolat fue tres veces embajador en China y por tanto testigo privilegiado de la transformación de un país pobre en superpotencia.
Su tesis es clara y perturbadora al mismo tiempo: al intentar debilitar a la Unión Soviética, Estados Unidos puso en marcha un proceso que acabaría haciendo poderoso a su futuro rival. Lo que comenzó como una jugada geopolítica se convirtió en una transferencia masiva de poder económico, tecnológico y político hacia China. “El viaje de Nixon —escribe Bregolat— fue el primer paso de una globalización que terminaría desbordando a su artífice”.
La apertura de China recuerda Bregolat, no fue espontánea ni inevitable. El ingreso en la ONU, la normalización de relaciones diplomáticas y la liberalización económica fueron pasos calculados. Mientras Pekín buscaba modernizarse sin perder el control político, Washington creía que el comercio traería consigo la democracia. Ese cálculo resultó errado: China adoptó el capitalismo sin renunciar al autoritarismo y utilizó la globalización como palanca de poder.
Uno de los capítulos más lúcidos del libro es la revisión que hace de los años posteriores a la tragedia de Tiananmen. La represión de 1989 destruyó las ilusiones de quienes esperábamos una transición política (ingenuamente muchos pensamos que los cambios de Gorbachov en la Unión Soviética por aquella época acabarían convirtiendo a China en una democracia). Se frenó la evolución política pero no el intercambio económico. George H.W. Bush, que había sido jefe de la oficina de enlace estadounidense en Pekín, mantudo discretamente canales abiertos con el régimen chino. Indignación moral y pragmatismo estratégico, dice el autor.