El periodismo deportivo alguna vez fue cercanía. Conocía el olor del linimento, de la grama húmeda, del sudor de las gentes y los futbolistas con el camerino abierto.
Los periodistas viajaban con los equipos, escuchaban sus confesiones de futbolistas y directivos, en los pasillos de los hoteles, se mezclaban en los rondos de puesta a punto antes de los partidos, y hablaban cara a cara con los protagonistas, sin protocolos ni guardianes.
De esa complicidad nacieron relatos auténticos, transmisiones interminables salpicadas de gracia y alegría. Que se nutrían de voces vivas y no de discursos prefabricados, con frases de cajón.
Ese periodismo murió a manos de la soberbia y la desconfianza. Hoy las cabinas de transmisión de los estadios están vacías, las zonas mixtas son el escenario de las frases impostadas, de los discursos sin contenidos y, las ruedas de prensa, más que espacios informativos, son cuadriláteros de boxeo donde confrontan insolencias y petulancias.
Los lugares donde los reporteros tenían visión privilegiada, los ocupan los influencers con libreto.
Los micrófonos, antes testigos directos desde las canchas, ahora emiten desde los sofás burgueses de sus casas, desde estudios cerrados y lugares improvisados. El periodismo de la calle fue reemplazado por el sedentario.