Veo la fotografía a cinco columnas en un tabloide europeo: una mujer llora. Es joven, rubia, viste ropa deportiva oscura; se lleva la mano a la cabeza en un gesto que delata desesperación e impotencia. El fondo muestra la destrucción causada por una bomba. La información que acompaña a la imagen dice que un gran ataque ruso ha dejado al menos 21 muertos y dañado la sede de la Unión Europea. En la portada, el titular sentencia: “Putin fulmina las ilusiones de paz en Ucrania con un ataque a Kiev”. Y me pregunto: ¿de verdad alguien creyó que el encuentro en Alaska entre Donald Trump y Vladímir Putin podía suponer la paz para Ucrania?
La escena es elocuente: hoy, las grandes democracias carecen de verdaderos estadistas. Donald Trump, un hombre de negocios convertido en presidente, no alcanza la categoría de hombre de Estado. Su mentalidad de mercader resulta incompatible con el delicado arte de la diplomacia y con la defensa de intereses nacionales a largo plazo. Su visita a Alaska, rodeada de oscuras intenciones, apenas sirvió para maquillar la imagen de un dictador cuya voluntad de continuar atacando Ucrania era previsible desde el primer momento.
Lo que enfrentamos es una ausencia de liderazgo con visión y responsabilidad en las democracias más poderosas del mundo. Están gobernadas por individuos sin la sensibilidad ni la experiencia necesarias para gestionar las complejidades geopolíticas, prisioneros de intereses cortoplacistas o personales que minan tanto la confianza pública como la estabilidad internacional.
Busco un modelo de estadista contemporáneo y, al menos en Europa, solo encuentro la figura de Angela Merkel. De ella en adelante, lo que asoma es mediocridad en las jefaturas de gobierno del Viejo Continente. Durante sus dieciséis años como canciller de Alemania, Merkel se distinguió por su liderazgo pragmático, basado en el diálogo, la cooperación europea y la estabilidad democrática. Su capacidad para mantener unida a Europa en tiempos de incertidumbre fue notable y, en muchos sentidos, ejemplar.