Vicky Dávila se lanzó y movió la política. Llena un vacío, el que había en la derecha, el de la falta de un candidato(a) con audiencia y adhesión. Y Vicky las tiene, es mediática.
Con ella se abrió el telón de la campaña presidencial, una campaña que quizás se construya desde el espectáculo a un público que le gusta el espectáculo, el escándalo y las historias en donde más que programas y propuestas, al público elector le llama la atención los personajes -buenos y malos- los relatos a contar, las tensiones y delaciones, en fin, las emociones, la intriga y la entretención. Y ahí Vicky ha demostrado, desde la revista Semana, maestría.
Lo hace muy bien. Es decir, tuvo la capacidad, desde la revista (habrá que ver si la tienes desde la política) de convertir argumentos racionales en revelaciones, en historias en donde ella sin duda alguna, se ha convertido con sus denuncias en un personaje -en la heroína- y ha tenido la inteligencia de construir del otro lado, en la antípoda, a los villanos. Ahí ubicó a Petro y a todo lo que se les parezca. También ha demostrado que no se arredra ni a los políticos ni a los empresarios sino que muy al contrario, los desafía aunque después los necesite y la rodeen.
Vicky cuenta historias que conectan. Ha puesto la agenda nacional. Tiene audiencia, estrategia y cumple lo que anota Cristhian Salmon “El éxito de una candidatura no depende ya de la coherencia de un programa económico ni de la pertinencia de las soluciones propuestas, ni siquiera de una visión lúcida de las apuestas geoestratégicas o ecológicas, sino de la capacidad para movilizar en su favor grandes corrientes de audiencia y adhesión” alrededor de una historia, de una narrativa contada.