La primera gran crisis del mundo posestadounidense está fea y se va a poner peor. Una pandemia exige una reacción pan-planetaria.
En vez de eso, se encontró con el Dr. Pangloss (ese personaje de ‘Cándido’, la novela de Voltaire, que no solo mantiene el optimismo durante la tragedia, sino que además la justifica), en la Casa Blanca haciendo cortinas de humo e insistiendo, cuando el desastre se avecinaba, que Estados Unidos seguía siendo el mejor de todos los mundos posibles.
“No ha habido ni una pizca de aspiración de liderazgo estadounidense”, me comentó Carl Bildt, ex primer ministro sueco. “Eso básicamente es nuevo”, agregó.
Lo es. Estados Unidos como punto de referencia mundial se ha desvanecido. El premio al mayor acto de desaparición en la crisis del coronavirus es para Mike Pompeo, el secretario de Estado de Estados Unidos.
Digamos que nadie ha llenado el vacío mundial. Ni todos los funcionarios chinos ondeando banderas al descender de aviones en suelo europeo con ofertas de tapabocas y respiradores artificiales pueden ocultar el hecho de que todo esto comenzó con un Chernóbil biológico en Wuhan, encubierto durante semanas como resultado del terror que es la moneda de cambio de las dictaduras.
Las potencias asiáticas que mejor paradas han salido de este desastre son las democracias medianas de Corea del Sur y Taiwán. La gran competencia de déspotas y demócratas por la ventaja en el siglo XXI sigue abierta.
La Gran Depresión que comenzó en 1929 produjo dos resultados distintos a cada lado del Atlántico. En Estados Unidos condujo, a partir de 1933, al Nuevo Pacto de Roosevelt. En Europa, al ascenso al poder de Hitler en el mismo año, a la propagación del fascismo y, finalmente, a la devastación a una escala inimaginable.
Esta vez, a medida que el coronavirus detiene la producción y deja a más de 26 millones de estadounidenses en el desempleo mientras que en Europa ocasiona que los salarios se “nacionalicen”, como dijo el presidente francés Emmanuel Macron, los efectos de un colapso económico que no se ha visto en casi un siglo pueden revertirse.
Los Estados Unidos de Donald Trump, a los que la revista alemana Der Spiegel llama ahora “el paciente estadounidense”, están listos para una sacudida autoritaria.
El país, inundado por las mentiras de Trump, afectado por el virus, enterrado en la incompetencia, lacerado por la división y gobernado por un lunático desatado, se acerca a unas elecciones en noviembre cuyo robo, subversión o aplazamiento son escenarios creíbles.
Nada en la psique de Trump le permite concebir la derrota, las perspectivas de su familia fuera del poder son escasas y la crisis es el pretexto perfecto para una toma de poder. La guerra, y esta pandemia tiene similitudes con una, fomenta el “engrandecimiento ejecutivo”, como advirtió James Madison.
Trump encarna el colapso personal y social que sabe explotar con tanta habilidad. Insulta a la prensa. Desacredita a los jueces independientes. Elimina los pesos y derriba los contrapesos. Se dedica a la abolición de la verdad. Se embolsa el sistema paso a paso. Se inyecta Lysol. Los fundamentos de la dictadura.
Europa es otra historia. Su división entre el norte próspero y el sur más pobre se agudiza por la pandemia, y su línea de fractura entre las democracias de Europa occidental y los sistemas antiliberales o autoritarios de Polonia y Hungría, se evidencia aún más, así el continente se enfrenta a una dura prueba de su capacidad de unidad y solidaridad. No ha tenido un buen desempeño, pero no lo descartaría.