Tengo pendiente desde hace casi dos meses mi columna conmemorativa de los treinta años del Club El Nogal, un lugar que tiene que ver como eje transversal de mi vida periodística y política de los últimos doce años. Estuve el pasado 12 de noviembre en un foro de un medio de comunicación -con un almuerzo bastante regular por no ser contratado con el servicio de bebidas y alimentos del Club-. Decidí canalizar mi “ira santa” de hambre en algo positivo: destacar el aporte de la existencia del Club a la nueva generación de la hospitalidad y de la dimensión del buen gusto, la riqueza y una verdadera igualdad basada en la unión de esos conceptos traducidos conductualmente con la cultura y la educación: el buen gusto.
“Escribir tonterías legibles es privilegio de las grandes inteligencias”
Nicolás Gómez Dávila, filósofo y políglota colombiano. Cofundador de la Universidad de los Andes (1913-1994)
EL NOGAL: UN SITIO DE PAZ INTERIOR
Desde niño, los edificios grandes y el mundo corporativo contrario a producir tedio o parecerme aburrido, siempre me representó una fascinación casi igual a la que siento cuando veo sitios históricos, el teatro clásico o las novelas de época: fascinación total y la sensación abstracta de la presencia del poder. Creo que eso es lo más cercano en la realidad material al concepto de los creyentes de la presencia de Dios.
Un sitio al que me gusta ir, no por arribismo, sino porque soy feliz de estar en un sitio, así sea invitado por pocas horas, donde se ha realizado lo bueno, lo malo y lo regular de la historia reciente de Colombia. Siempre hago reverencia a los monumentos que están a la entrada donde están los fuegos eternos y la posición de las estrellas el fatídico día 7 de febrero de 2003. Es una metáfora de la vida: recordar, actuar, reconstruir, trascender, seguir. Miles de personas y autos pasan todos los días mecánicamente por esas mismas puertas que cada cierto tiempo reverencio incluso en honor y gratitud a la paz que cada obra de arte, pasillo, alfombra, saludo y sonrisa del personal me trae.
Esa paz que muchos desde su sentir o los púlpitos hablan de las mezquitas, iglesias, sinagogas, malocas; y otros desde la psicología de motivación llaman al ideal de tranquilidad el “lugar feliz” dentro de los recuerdos o la creación de una experiencia imaginaria lejana a un trauma y dura realidad; esa sumatoria, yo, como individuo la siento en el Nogal.
Y muy seguramente, sentimientos parecidos se tienen por parte de los más de dos mil socios del Club que el pasado 20 de septiembre celebraron la vida de una joven institución, que ha demostrado su apertura, responsabilidad social e inmortalidad en el inicio del siglo XXI. Como un regalo tardío tanto para ese lugar feliz de mi amado Chapinero, y de paso para ustedes que hace rato no les traigo recetas en esta columna, recrearé el Menú (Revista El Nogal. Octubre 2025. Edición 291) de ese día, obra del Chef Ejecutivo Humberto Sánchez Lombo con un trabajo exploratorio de más de tres meses en competencia con otra propuestas que buscaron la aprobación de la Junta Directiva del Club: