Y lo daban por vencido.
Fútbol emocional. Partido clásico insípido, como el café sin azúcar, la comida sin sal o el amor sin sexo.
Fútbol que algunos especialistas llaman industrial, por lo poco vistoso pero efectivo.
Santa Fe, de cemento armado, rumbo a la final contra el Medellín. Con su futbol, al que nada le falta, nada le sobra. Siempre con lo justo.
Lo suyo, un indomable espíritu combativo, con garra, sin perfume en su juego, sin glamour, con precisión y contundencia en los goles, pragmático en sus planteamientos.
Capaz de salir de una y mil crisis. De minimizar a su rival, Millonarios, contra pronósticos. De desquiciarlo, al punto de que su emblemática figura, Falcao Garcia, perdido en su laberinto, no logró asimilar la derrota, descontrolado.
No pudo ser el comandante en jefe porque su banda lució desorientada, inadaptada al partido, desfondada, desconcentrada, sin capacidad de reacción frente a las adversidades.
Falcao, descosido y desconocido, luchando en solitario contra rudos oponentes, sin ayudas, mientras su coetáneo Rodallega, se robaba el elogio y las miradas.
Cuando por fin encontró, en las finales, su sitio en el torneo y en su equipo, cuando fue influyente con sus goles, lucio maniatado, desesperado, peleonero con el árbitro, los periodistas y los contrarios.