Un camaleón se empeña en destrozar a James Rodríguez, cada vez que habla o toca el balón.
Obsesivo, no descarta la ocasión para fustigarlo, ridiculizarlo o enrostrarle sus bajadas, sin destacarle sus subidas, en el futbol de pirotecnia que practica. El que hipnotiza y tantas veces ha puesto de pie a los aficionados de Colombia y el exterior.
Con críticas deliberadas y sostenidas, recibe cada comparecencia pública del capitán de la selección.
El último episodio, que de nuevo encendió sus iras y agito las redes, típico de nuestro país convulso en el que las discrepancias se liquidan agresivas, fue su reacción airada, porque, en el diálogo sostenido al final del partido, Messi y James no se fueron a los insultos, o, exagerando, a los empujones o a las trompadas.
Si en algún momento debió hablar James con autoridad, fue en la cancha y lo hizo, al igual que sus compañeros del equipo nacional.
Como si el respeto y la adultez no fueran conductas ideales y ejemplares. Se trataba de hablar y no de pelear. De confrontar y no de insultar.
James no empuñó las armas, fue respetuoso, no agredió a Messi, titulado, tantas veces, como Crack. El mejor del mundo.