La democracia que tanto exaltó Alexis de Tocqueville en su obra “La democracia en América” escrita, tras un periplo por los Estados Unidos, entre 1835 y 1840 desgraciadamente alberga en su historia una tragedia: el asesinato como arma política.
El primer episodio trágico tuvo lugar en tiempos de Lincoln (1865) cuando el país estuvo a punto de quebrarse en dos entidades geográficas políticamente separadas. De ahí en adelante, fueron asesinados, en orden cronológico, James Garfield (1881), William McKinley (1901) y John Kennedy (1963).
El más reciente intento de asesinato había sido perpetrado contra Reagan en 1981. Pero, antes encontramos los atentados contra Andrew Jackson en 1835, George Wallace (candidato) en 1972 y Gerald Ford en 1975.
Lamentablemente, el fin de semana pasado se volvió a escribir otro episodio que pudo terminar en una tragedia y sumarse a los casos citados anteriormente. Las cadenas informativas que cubrían el discurso de Trump captaron la escena cinematográfica que se puede describir así:
Donald J. Trump, en Butler, Pennsylvania dando su discurso de la manera en que el mundo lo conoce; de repente, siente que algo cruza su oreja derecha y de inmediato se revisa y se agacha, los guardaespaldas entran en escena. Tras el paso de un par de segundos, en medio de gritos, caos y confusión, emerge del piso totalmente abrazado por los hombres del servicio secreto con algunas líneas de sangre corriendo por su cara. Veloz en comprender la situación, el presidente alza su mano derecha y desafiantemente grita: ¡fight!,¡fight!,¡fight! La escena es de película.