Las discusiones sobre cómo las empresas deben asegurar el uso eficiente de los recursos naturales, de manera respetuosa y compatible con el medio ambiente, como el principal vehículo para alcanzar la sostenibilidad son necesarias, pero nunca suficientes.
Tenemos que entender que, en ellas, se debe introducir con mayor fuerza la dimensión social. Al fin de cuentas, son las personas y las comunidades quienes más beneficiadas, o afectadas, resultan del actuar de las organizaciones privadas.
Cada vez se habla más de la transición sostenible alrededor del mundo, haciendo referencia generalmente a una transición energética y del buen aprovechamiento de los recursos naturales, desde el actuar económico.
Sin embargo, aunque es muy importante, no solo lo que algunos llaman “verde” debe guiar las políticas, inversiones y acciones del sector privado.
Las empresas no se pueden alejar del enfoque multi actor de la Agenda 2030 y de sus Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Los ODS son producto de un proceso abierto e inclusivo que contó no solo con la participación de los estados miembros de la ONU, sino también con el aporte de múltiples representantes de los sectores civil, empresarial, científico, educativo y de las comunicaciones, entre otros muchos.
Hablando específicamente del empresariado, este ha adquirido un rol más que protagónico por su papel fundamental en la trilogía economía, sociedad y medio ambiente.
En esta carrera por la sostenibilidad, empresarios de todo el mundo desarrollan innumerables acciones frente a la transición sostenible. Sin embargo, generalmente se ciñen a lo económico y medioambiental, y el fondo del asunto se encuentra mucho más allá.
Los resultados alcanzados son alentadores, pero en ningún caso definitivos, y en muchas de sus variables preocupantes. Lo único cierto es que nos han demostrado que solo si nos unimos las personas, podremos lograrlo. Y es ahí donde se identifica con claridad el agente de cambio fundamental: el ser humano.