No vale la pena hablar de Panamá. Como equipo, poco o nada.
Colombia pasó de largo con autoridad, con seriedad en la competencia, sin entrar en el juego propuesto, físico de fricciones, con asistencias preciosas y goles de lujo y, lo más importante, para clasificar sin averías en su nómina, sin lesiones o expulsiones.
El partido, el esperado. De trámite. Para convertirse como todos los jugados hasta ahora en la Copa América, en un cantico de felicidad del pueblo.
Colombia fulminante, a media marcha, velando armas para el próximo partido, no corrió tras el balón, se recreó con él, lo socializo con juego colectivo. Su ruido, con permanente aroma de gol, fue música para los oídos.
El talento expuesto sin presiones, metidos los jugadores en el partido, como James en aquella asistencia maravillosa que selló Lucho Díaz con su clase, en el mejor gol de la jornada.
O el pase en globo de Quintero, con el juego liquidado, para darle vida al penalti sancionado contra Arias. Los dos últimos, con Borja, aprovecharon el corto vuelo que les dio Lorenzo, para justificar su convocatoria.
Colombia descubrió hace rato el remedio para sus males pasados, cuando deambulaba sin victorias, sin goles y eliminado. Halló las zonas de remate con futbol elaborado.
Córdoba es un puntal en el ataque, con movimientos continuos, para ganar por amplio margen, frente a sus compañeros, su lucha por el puesto. Por su presencia en el gol, es rematador, no se discute.