Se me ha acusado de destilar odio en mis artículos y de mantener una posición radical. No me extraña esa acusación, aunque podría decir varias cosas en mi defensa. Hay un lado de mi personalidad que tiende a la conciliación junto a otra, más visible, que es intransigente cuando cree estar del lado de lo justo. Así y todo, muchas veces se me ha demostrado estar equivocado, ya sea por hechos o por argumentos. Esto me ocurre no solo con los polémicos asuntos políticos sino también con los del arte. En ambos la pasión juega un rol fuerte que opaca a la razón y a la tolerancia por el furor del discurso cuando se trata de defender posiciones que tienden a volverse extremas.
En mi anterior artículo mencioné a Bazar Al-Assad como “el tenebroso dictador de Siria”. Podría haber sido más medido y, siguiendo a Rulfo, no utilizar adjetivos. Considero que para referirme a semejante monstruo me quedé corto. Habría podido añadirle, sin caer en la exageración, que es un asesino, un torturador, un alma del demonio y mucho más. En el mismo párrafo hice alusión a “los brabucones de estos lados… que han instalado sus voluminosos traseros sobre sillones que apestan”. Realmente no es muy comedido con los lectores que haga mención de esas partes de su anatomía, pero es poca cosa, y me sabrán perdonar quienes gentilmente leen mis artículos, conociendo el horror que ha significado para millones el que hayan destruido las economías de países de nuestra América, otrora ricos, implantando regímenes criminales.
He querido por otra parte mencionar lo menos posible con nombre propio a quien usurpa el poder en Colombia y hablar del mequetrefe o del mamarracho. De pronto de ahí surge el reclamo a mi poca corrección en el lenguaje y que destilo odio con mis opiniones. Aclaro que mi percepción de ese tipejo como un mamarracho y un mequetrefe me viene de tiempo atrás y no entendía, y sigo sin entender, que existieran, y existan, quienes se refieran a él con respeto, y mucho menos luego de haber padecido durante dos años y cuatro meses su desastrosa gestión y de ser testigo de sus malos hábitos y sus pocas cualidades personales. Cómo no destilar odio ante la bajeza del mequetrefe… perdón, del mamarracho.