Vuelvo a Honduras después de muchos años, y lo primero que me asalta es una sensación de déjà vu histórico, como si este país estuviera condenado a repetirse a sí mismo en un bucle de fatalidad. Los españoles llamaron a este territorio la Audiencia de los Confines. La expresión tenía sentido administrativo —era el confín entre Guatemala y Nicaragua, el alto tribunal que debía organizar la justicia en una tierra vasta y ardua—, pero había también algo profético en aquel nombre. “Confines” no solo describía una frontera geográfica: definía un destino. El confín como lo remoto, lo periférico, lo que queda fuera de la mirada del mundo. Y así ha seguido Honduras durante siglos: aislada, pobre, ignorada incluso por sus propios vecinos.
Pienso en mi última visita, a finales de los años noventa, cuando el país acababa de ser golpeado por el huracán Mitch. Fue más que un desastre natural; fue un castigo bíblico. Recuerdo cómo el huracán parecía jugar con Honduras: se iba al mar, tomaba fuerza y regresaba con una furia multiplicada, arrasando una región distinta cada vez, como si la Naturaleza hubiera decidido borrar al país del mapa por capítulos. A mí, entonces, lo confieso, también me pareció una señal del destino: la confirmación de una condena silenciosa que ninguno de sus habitantes se merece.
Hoy, tantos años después, llego y me encuentro con otro símbolo: el funeral de Juan Ramón Matta Ballesteros. Su nombre, casi olvidado en Colombia, fue un emblema del narcotráfico latinoamericano en los años setenta y ochenta, enlace entre Medellín y Guadalajara, pieza clave en la ruta de la cocaína hacia Estados Unidos. Matta, como Escobar, llegó a ofrecer pagar la deuda externa de Honduras. Un narco cargando con el peso del Estado: la metáfora perfecta de un país atrapado entre la impotencia y la necesidad. El gobierno de entonces rechazó la oferta, pero el gesto quedó flotando como un recordatorio de quién manejaba realmente las palancas del poder. Su muerte ahora, tan discreta como estruendosa fue su vida, parece cerrar un capítulo que la realidad nunca cerró. Cambiaron los estilos, cambió la violencia, cambiaron los nombres; pero las mafias siguen aquí, más profundas, más enraizadas, más dueñas de todo.