La Cumbre “Democracia Siempre” realizada en Santiago de Chile, el pasado 21 de julio, en la que participaron representantes del mal llamado progresismo, tuvo por objeto construir una plataforma común frente al avance de la ultraderecha global y fortalecer la democracia y el multilateralismo.
Sin embargo, la Cumbre dejó en evidencia que los falsos progresistas solo promueven como una amenaza global el avance de la ultraderecha pero no el de la ultraizquierda. De hecho, el mismo Gustavo Petro representa la izquierda más radical. ¿No sería esto una amenaza más que suficiente para la democracia?
La falacia de la “Democracia Siempre” se alimenta de otras como las que a continuación voy a reseñar:
Desinformación. Resulta ilógico que Petro salga de Colombia a condenar la creación de falsas noticias cuando el pasado 09 de julio El Colombiano tituló: “El rey de las ‘fake news’: corrigen a Petro tras compartir en redes una imagen manipulada con IA”. Y a renglón seguido, resaltaban que la misma IA había sido la encargada de alertar a los usuarios sobre la manipulación de falsos contenidos.
Solo tres ejemplos prueban que Petro siempre acusa a los demás de sus propios vicios. 1) Narcosubmarino con misiles “SAM‑16” cuando era la imagen de un submarino incautado en Tumaco en tiempos del presidente Duque. 2. Hospitales en ruinas de “Antioquia”, las fotos eran de centros médicos venezolanos (cuna del “progresismo” suramericano) y 3) El año pasado republicó un mensaje, de una supuesta cuenta de Mahmud Abbas, con el que lo felicitaba por romper relaciones con Israel. La cuenta no era oficial, pues, era un perfil de parodia, cuya biografía lo advertía a primera vista.
Así, Petro se ha garantizado la sumisión de un sector del país que lo idolatra ciegamente a través de la desacreditación de los medios de información para que sus seguidores no se informen y solo lo hagan por medio de influenciadores, y cuentas falsas, que son pagas con el erario público.
Intolerancia. Carece de toda validez que Gustavo Petro hable de tolerancia en foros internacionales cuando sus niveles de intolerancia lo han empujado a señalar de “nazis” y “paramilitares” a todos aquellos que tienen una perspectiva liberal o conservadora del Estado, la economía y la sociedad; o llamar “muñecas de la mafia” a las periodistas que han hecho críticas a la Administración por Sobresaltos; o tildar de “HP” al presidente saliente del Congreso, Efraín Cepeda.
A todos los que no lo idolatran los califica de “brutos” cuando un buen hispanohablante reconoce, sin dificultad alguna, que no es capaz de hablar articuladamente, sin libreto, más de dos minutos o de escribir un mensaje en “X” sin caer en errores semánticos, sintácticos y ortográficos.