Que el futbol es un negocio por encima del juego y el espectáculo, con un apetito voraz por el dinero, queda demostrado, de nuevo, con la transferencia de futbolistas jóvenes al exterior, sin lograr aún afirmarse en sus condiciones y sin ser disfrutados por los aficionados.
Lleva esto a conjeturas de los expertos, quienes afirman que los clubes prefieren los dólares a los títulos.
Desconocen ellos, los críticos, que mantener en activo a un jugador joven en el medio, por el acoso de los empresarios, la presión de sus familiares y de ellos mismos, doblegados por el dinero ofrecido, los hace vulnerables e insostenibles.
No son atractivos para los deportistas los salarios al comienzo de sus carreras y quieren saltos de calidad de inmediato en sus ingresos, su rendimiento y en el impacto popular con su fama creciente.
Tampoco motiva a los dirigentes, conservar futbolistas con desaliento premeditado en el juego, actuando a regañadientes, fingiendo lesiones, con desesperante irregularidad, comportamiento orquestado para facilitar su salida.